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Amelia Lópes O'Neill
Amnesia


La bohemia porteña

Vedettes, mujeres al piano, bares donde se escuchaba hablar en distintos idiomas a los marineros uniformados, contrabandistas de cigarrillos y ropas extranjeras, lujosos autos estacionados en las calles, todo ello existió y tuvo su auge en los años 50 y 60 en el barrio puerto. Valparaíso de noche era diversión continua, amores fugaces; comer, beber y fumar ¿Qué más se le podía pedir a la vida?
 
Monika Riesenberg quería sorprender a su abuelo y a su padre. Era 1971 y había llegado hacía poco de una larga estadía en el extranjero. Recordaba que de niña, Mario su padre trabajaba mucho. Siempre llegaba tarde y con algunas copas en el cuerpo. Nadie en la familia le había dicho a ella que “el negocio”, como le llamaban, era una taberna. Entonces, con 21 años de edad, decidió encarar a sus familiares: se disfrazó de marinero y junto a dos amigos entró al Roland Bar. Se sentó en la barra, se divirtió con los parroquianos y las niñas alegres que buscaban clientes y como a las tres de la madrugada, con el local atiborrado de gente, se sacó la gorra y le dijo a Walter Riesenberg: -Hola, abuelo ¿Cómo estás?- Ahí sí que empezó la fiesta- dice Monika- whisky para todos por cuenta de la casa. Esa noche fue ella quien llegó tarde; alrededor de las siete de la mañana y con olor a alcohol.
 
El Roland Bar era parte del circuito de bares, boites y restaurantes de la bohemia porteña que tuvo su ápice en los años sesenta. Creado en 1901, no fue hasta que Walter Riesenberg lo comprara en 1954, que se convirtió en una taberna de marineros extranjeros.

Desde finales del siglo XIX el barrio puerto era un lugar de entretención para los navegantes. Los barcos podían quedar por semanas a la gira en la bahía; después de pasar por el tormentoso Cabo de Hornos y por fin tocando tierra, los tripulantes sólo querían disfrutar la vida, junto a una botella de ron y una porteña amigable.
 
En 1890 el sacerdote Vicente Marín y Manero se quejaba de este ambiente desinhibido:- Desde que Valparaíso empezó a ser pueblo, tuvo y tiene la desgracia de que a él vengan desde todas partes, mujeres a ejercer la prostitución. Según él, existían más de mil lugares con expendio de alcohol y otros tantos más de corte clandestino. El epicentro de la diversión nocturna eran las calles aledañas a la Plaza Echaurren. Y lo fueron hasta 1973 cuando tras el Golpe de Estado, el Gobierno Militar instaló el “toque de queda” y obligó a los chilenos a permanecer en sus casas toda la noche.
 
En la década del 60 la calle Cochrane, entre la Plaza Aduana y la vía Márquez, había sido bautizada como “la cuadra”. Obreros portuarios, marineros extranjeros, contrabandistas que vendían desde cocaína a blusas transparentes para las niñas de la noche, los curiosos de siempre, incluso gente de clase alta, se daban cita en aquellos bares.
 
En las calles Márquez y Clave se encontraban los prostíbulos. Elegantes casonas donde los hombres llegaban en lujosos autos, se sentaban a tomar, sacaban a bailar a alguna muchacha o se la llevaba a una pieza. Famosos fueron Los Siete Espejos, La Casa Amarilla y El Violeto, nombre sacado de su dueño, un conocido homosexual de la zona que en las noches tocaba el piano. Según cuenta Ronald Smith, director de la Radio Valentín Letelier, el folclore urbano del Puerto tiene su origen en los números de los burdeles. Además los marineros influían en la música local:- Cuando se les acababa el efectivo, vendían sus discos para seguir en la fiesta.
 
Para vivir la noche porteña había que tener dinero. Si alguien no consumía o andaba de voyerista, rápidamente era escoltado hasta la puerta. La preferencia la tenían los extranjeros: marinos que pagaban en dólares, sin preocuparse del derroche. Los jovencitos no eran muy bienvenidos, nunca dejaban mucha plata. Aún así, mientras estudiaba Historia en el Pedagógico de la Universidad de Chile, el actual crítico de arte Carlos Lastarria fue asiduo al American Bar. Entre 1962 y 1965 sus pasos nocturnos lo llevaban a esta cantina que estaba frente a la Plaza Aduana entre las calles Cochrane y Bustamante. El dueño del American Bar era en ese tiempo Armando Canales, conocido por todos los feligreses. Siempre vestía de terno rayado -gris o más oscuro-, chaleco blanco, camisa de un color, corbata de otro y sombrero de ala ancha. Su pecho abultaba ropa, porque debajo  llevaba un chaleco antibalas. No en vano. Como supo Lastarria en su momento, estando una vez Canales en la calle, a la entrada del bar, le lanzaron varios disparos desde un auto, igual que en las películas de gángsters. No le pasó nada, pero se rumoreaba que era una venganza de Al Capone, de quien había sido guardia en Chicago, Estados Unidos (o al menos eso contaba Canales).

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La Mariposa del American Bar 

El mismo personaje, que se había forjado fama de rudo, a las 12 de la noche en punto echaba para afuera a Lastarria y sus amigos. Porque allí se debía comer, no sólo beber y a ellos apenas les daba el bolsillo para una champaña o una cerveza acompañada de una pichanga –picoteo de cecinas, aceitunas y quesos - mientras miraban el espectáculo de las vedettes. A partir de la medianoche llegaban los contrabandistas a vender alcohol, cigarrillos, jeans y jabones foráneos. Así de variado era el negocio.
 
No todos los bares de Valparaíso tenían esa aura de mafia y lujo; el American Bar gozaba de prestigio. En general se podía dividir la ciudad en tres zonas, para distinto público: el barrio Puerto o barrio “chino”, los alrededores de la Plaza Aníbal Pinto y el sector del Almendral. La Plaza Aníbal Pinto era para gente de comercio, artistas y extranjeros. En Melgarejo con O’ Higgins, donde hoy está la Intendencia, estaban el Bavaria, el Pajarito y el Alemán. En este último se reunían los amigos de Neruda, los del Club de la Bota. Sara Vial, secretaria de aquel círculo, recuerda que el bar se llenaba de señores alemanes y noruegos y que se cerraba a las 11 de la noche, por lo que no había espacio para el desorden. Hacia la Avenida Argentina, más allá de la calle Uruguay, estaba el Bar Chile y en Chacabuco El Nunca se Supo; en ambos se tocaban cuecas choras y valses peruanos. La gente iba a comer en familia y a bailar, aunque también se podía pasar la noche entera tomando.
 
Sin duda la bohemia marinera era la más llamativa del Puerto. Sus cantinas tenían banderas de todas partes del mundo, fotos dedicadas y postales de ciudades lejanas. El último bastión de la época dorada es el Flamingo Rose, administrado por Lorna Padilla, su dueña desde 1998. Una mujer de carácter fuerte, que nunca usó una gota de pintura; capaz de estar cepillando tranquilamente su largo cabello negro y liso y al rato pegarle un fierrazo a un delincuente. Obviamente, Lorna no es recién llegada al negocio de los bares; desde 1974 ronda el barrio, trabajando de local en local. Siempre administrando; su personalidad era para estar detrás de la barra, dice. Trabajó en el hotel Zurich y el Louisiana y en los bares Yako y Roland Bar. Lorna echa de menos los tiempos en que éstos se llenaban de tripulantes foráneos, bellos, simpáticos, respetuosos, que tomaban más de una botella. “La cuadra” funcionaba todo el día. Había que hacer el aseo con los parroquianos ahí mismo, sentados en sus mesas. Hoy, de vez en cuando llega un extranjero que, después de 15 o 20 años, sorprendido le dice: ¡Lornita, usted está igual!
 
Quien es habitual en el Flamingo es Gonzalo Ilabaca, pintor chileno radicado en Valparaíso desde 1991. Al primer bar que entró fue al Roland, el de los Riesenberg, que entonces pertenecía a la Mini, una pelirroja guapa y divertida. Ilabaca comenzó a retratar escenas del lugar y a las niñas que trabajaban ahí. Vio como los marineros rusos y los norteamericanos se sentaban cada grupo en un extremo de la barra, vio como las bandas de guerra de los buques se transformaban en bandas de rock en la noche, supo de chicas a las que un viejo cliente venía a buscar desde Europa para que fuera su compañía en la vejez. Todo ello lo hizo un nostálgico de los bares marineros, esa especie en extinción. Incluso rescató el diccionario castellano - francés que había improvisado una de las niñas del Roland. Con su ayuda se podía decir desde voulez-vouz dancer? (¿quieres bailar?) hasta deseo comer bife con papas fritas, en galo.
 
Jamás va a volver esa vida –dice Lorna tras la barra del Flamingo- era muy bonita. Tiene razón. La tecnología en el Puerto acabó con la larga estadía de los navegantes y también con la gran demanda de trabajadores que las actividades portuarias exigían. La mano dura del Gobierno Militar prohibió la bohemia nocturna y el libre comercio puso fin al contrabando. Aún así, Lorna nunca permitirá que ofendan a “la cuadra”. Mejor es poner una balada romántica de esos tiempos y esperar a ver qué trae la noche.




BIBLIOGRAFIA
 
Valparaíso, Roland Bar. Gonzalo Ilabaca. Santiago – 1995
 
Vida, costumbres y espíritu empresarial de los porteños. Lorenzo Santiago, Gilberto Harris, Nelson Vásquez. Valparaíso - 2001. Ediciones Universitarias Universidad Católica de Valparaíso - 1ª edición
 
Lista de bares confeccionada por Carlos Lastarria
 
ENTREVISTAS
 
Monika Reisenberg - hija de ex dueño del Roland Bar
Carlos Lastarria - crítico de arte
Lorna Padilla - dueña del Flamingo Rose
Gonzalo Ilabaca - artísta plástico
Ronald Smith - director de la radio Valentín Letelier

Mario Riesenberg propietario del Roland Bar
Mario Riesenberg propietario del Roland Bar

















 

 

 







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Los Siete Espejos en los años 50. Foto de Sergio Larraín

 

 

 






    










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El Flamingo Rose. Lorna Padilla, su dueña, junto a Valeria


 
 
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