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Valparaíso, puerto principal

Hacia 1870 Valparaíso era el puerto principal de las costas occidentales de América del sur: la perla del Pacífico. Un deseo de progreso indefinido invadía a sus habitantes. Lucía más bello que nunca y su carácter cosmopolita se acentuó con las nuevas colonias española e italiana. Es la época de los elegantes paseos dominicales por la Plaza Victoria, aunque también del trasnoche desinhibido en los burdeles.
 
Rubén Darío necesitaba un sobretodo. Era el invierno de 1887. La Calle del Cabo o Esmeralda estaba repleta y todos iban bien arropados: mucha mujer bonita va por el asfalto de las aceras, cerca de los grandes almacenes, con las manos metidas en los espesos manguitos; y con el cigarro en la boca, al abrigo de sus gabanes de pieles, satisfechos, bien enguantados, los señorones, los banqueros de la calle Prat. Yo voy tiritando bajo mi chaqueta de verano, sufriendo el encarnizamiento del aire helado que reconoce en mí a un hijo del trópico. Entró a una tienda cualquiera, burlándose del lujo innecesario de los porteños, de su afán por la moda y las marcas. Y finalmente hizo su elección:- ¡Es un ulster, elegante, pasmoso, triunfal!-  No pudo contra la tentación de la alta costura en el Puerto.
 
Ese refinamiento venía de los buenos negocios que los porteños habían logrado. Desde 1880 y hasta principios del siglo XX las grandes firmas tuvieron su época dorada. Valparaíso era la capital económica del país. El salitre fue el producto más exportado a Europa; desde el Puerto salía un 42% de toda la producción. Muchas familias hicieron su fortuna gracias a ese mineral. Muestra de ello es el palacio que mandó a construir Pascual Baburizza, el principal empresario salitrero del país en ese entonces, en el Paseo Yugoslavo del Cerro Alegre.
 
El espíritu pionero que desarrollaron los habitantes de la ciudad durante la primera mitad del siglo XIX, siguió en pie. Uno de los avances más significativos fueron los ascensores. De 1880 a 1930 se construyó una treintena, con la intención de que cada cerro tuviese uno. El primero en inaugurarse fue el del Cerro Concepción en 1883, que en 45 segundos iba de calle Prat al Paseo Gervasoni. Fue el octavo ascensor del mundo, sólo a 13 años de que se iniciara la producción en masa del cable de acero dúctil que los hacía posibles. Pero al principio los porteños no estaban felices con tan revolucionario medio de transporte; muchos lo catalogaron de diabólico. Las primeras en atreverse a usarlos fueron las niñas, que veían en estos carros que subían y bajaban una mayor entretención que la acostumbrada en los carruseles.
 
En un comienzo los ascensores funcionaban con calderas de carbón, después surgió el sistema de balanzas de agua, y  el primer ascensor a electricidad fue el del cerro Barón, todavía conocido como “el eléctrico”. Esta tecnología se aplicó en 1904 a los tranvías de tracción animal que circulaban por la ciudad e hizo posibles rutas únicas en Chile por sus empinadas subidas; hasta la cima del Cerro Barón, por un extremo y en el otro, hasta el cementerio de Playa Ancha. Una empresa alemana estaba a cargo de su funcionamiento, pero con la 1ª Guerra Mundial el servicio y el estado de los carros decayó fuertemente y en 1920 los usuarios protestaron quemando 56 tranvías. Tras tales disturbios el sistema pasó a manos españolas. Se hicieron nuevas vías hacia los cerros Santa Elena y Las Zorras y con el tiempo se pudo ir hasta Chorrillos en Viña del Mar. Lamentablemente, luego de la expropiación de la empresa por el Estado en 1945, se fueron acortando los recorridos y desapareciendo los carros, hasta que en 1952 los tranvías fueron reemplazados por trolebuses.

tranvía
Tranvía a tracción animal

A partir de 1880 habían empezado a llegar a Valparaíso inmigrantes italianos y españoles que, sumados a ingleses, alemanes y franceses, emprendieron negocios en la ciudad. Los ingleses y los alemanes dominaban el alto comercio y tenían gran presencia en el ámbito financiero; los galos eran los mejores en el negocio vestuario y de lujos. Pero la suerte de los nuevos extranjeros fue distinta; se les hizo más difícil el ascenso social y económico, porque no contaban con las redes sociales que sí tuvieron los otros en su momento. Trabajaron duro. Se instalaron con pequeños negocios de abarrotes que abrían en sus propias casas. Almacenes, boliches y panaderías con nombres de lugares de Italia o España fueron haciéndose necesarios en la vida de barrio de los cerros. Hubo quienes lograron ser distinguidos caballeros industriales y comerciantes y si bien sus colonias tendían a ser cerradas como las otras, se adaptaban más a la idiosincrasia criolla.
 
La alta sociedad porteña gustaba de ir al teatro. Competían por público el teatro Odeón (1867) en la calle Salvador Donoso, antigua Calle del Teatro y el Teatro Nacional (1881) ubicado frente a los terrenos donde más adelante estaría la Plaza O’ Higgins. Del primero se decía era tierra de alemanes y el segundo de franceses. Sara Bernhardt actuó ocho veces la opera Fedora en el Teatro Nacional. El público la adoró, la llamaron ¡Sublime! ¡Perfecta! Pero la francesa, en entrevistas en Lima y Nueva York, calificó a los porteños de brutos faltos de inteligencia. Después de eso, para los periódicos locales Sara no era más que una burda y grosera actriz sin talento.
 
Además de gozar de los espectáculos, era costumbre pasear por el Jardín Municipal, hoy Parque Italia. Entre las cuatro y las seis de la tarde la banda municipal tocaba piezas como Potpurrí de Lucía o el Paso Doble Militar. La Plaza Victoria era el centro social por excelencia, donde se hacían las fiestas primaverales y los adolescentes jugaban a tirarse chaya o papel picado. Pero al poniente, en la Plaza Echaurren y sus alrededores, la diversión iba acompañada de alta ingesta de alcohol, riñas y caricias de mujeres. La calle Cajilla, donde marineros y bohemios porteños se daban cita, era famosa por sus bares y prostíbulos. Lo cierto es que no sólo se veía lujo y riqueza en la ciudad, sino que estaba la contraparte de extrema pobreza, hacinamiento e insalubridad de la vida de la gente en los conventillos.
 
El 16 de agosto de 1906 un terremoto de cuatro minutos dejó a la ciudad en ruinas. La mayoría de los edificios que se habían construido en el sector del Almendral se vinieron abajo o se quemaron.
 
En Valparaíso las décadas del 80 y 90 habían sido de gran desarrollo urbano. Se construyó sin pausa y los materiales ligeros como el adobe y la lata ayudaron a hacerlo más rápido. Las calles Prat, Esmeralda, Condell y Blanco, por decir algunas, exhibieron fachadas sobrecargadas de ornamentos, bajorrelieves, pilastras y frisos modernos y vanguardistas. Casi todo ello fue destruido por el sismo. Pero los ciudadanos, en vez de desmoralizarse, comenzaron una rápida reconstrucción, motivados por el Centenario de la Independencia que se cumpliría en 1910. Ese año la Plaza Sotomayor y el sobreviviente Monumento a los Héroes del Combate Naval de Iquique (1886), pasó a consolidarse como el centro cívico de la ciudad, con la inauguración del edificio de la Intendencia. Inspirado en el Palacio Consistorial de París, hoy pertenece a las Fuerzas Navales.
 
El desastre natural fue la oportunidad de rehacer Valparaíso: se ensancharon las calles y se niveló el terreno, para evitar las repetidas inundaciones de invierno. Se pavimentó el Estero de Las Delicias y nació la Avenida Argentina; lo mismo con el Estero de Jaime, que pasó a ser la Avenida Francia. Se trazó la vía principal de la ciudad, Pedro Montt y se creó la Plaza O’ Higgins con su Teatro Velarde, hoy Municipal.

estación Bellavista  
Estación Bellavista 1926

La urbe se siguió hermoseando y expandiendo durante las tres primeras décadas del siglo XX: en 1924 se terminó el edificio Edwards, más conocido como “reloj Turri”. Y en 1930 el paseo más hermoso del Pacífico sudamericano era la Avenida Altamirano, hasta la playa de Las Torpederas. Otra muestra de las grandes inversiones en la ciudad fue el nuevo molo de abrigo del Puerto, de un kilómetro de extensión, que se terminó el mismo año. Todo esto habla de una sociedad de gran empuje, que a pesar de factores adversos como la caída de la demanda por salitre, la 1º Guerra Mundial, la apertura del Canal de Panamá en 1914 y la crisis económica mundial de 1929, seguía apostando por su Valparaíso, convencida de su esplendor eterno.




BIBLIOGRAFIA
 
Memorial de Valparaíso. Alfonso Calderón - Santiago, 2001
Ril Editores, 1ª edición
 
Auge y Ocaso del viejo Pancho 1830- 1930. Rodolfo Urbina – Valparaíso, 1999 
Ediciones Puntángeles - Universidad de Playa Ancha
 
Postulación de Valparaíso como Sitio del Patrimonio Mundia l/ Unesco
Consejo de Monumentos Nacionales - 2001

Vida social 1917
Vida social 1917


 

 

 

  






Ascensor Artillería

Ascensor Artillería 1904




Ascansor Barón   
Ascensor Barón 1920


























 

 

 

 

recorrido13b   
Ruta de recorrido del tranvía 13 -Las Zorras- subiendo por Avenida Washington













Teatro Victoria   
Teatro Victoria 1900











paseo costero   
Playa Las Torpederas






















 














 

    

 

 














 












































 

 

 














 
 
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