Este texto es parte del libro Ayer soñé con Valparaíso, de Manuel Peña Muñoz - RIL Ediciones - Quinta Edición. Santiago, 2006
El señor de los viejos sombreros
En los altos de la librería “La Joya Literaria” existe aún hoy día un soberbio edificio que da albergue al Club Naval. Junto a la puerta principal con su escalinata alfombrada hay otra puerta que daba a la casa de don Manuel Venegas, uno de los principales sombrereros de la ciudad. Cuando yo lo conocí, ya era un hombre arruinado porque nadie le compraba ni arrendaba sus sombreros, pero puedo atestiguar que allí, en esa casona de techos altos, ví la mayor colección de sombreros que alguien pueda imaginar. Eran maravillosos y dormían en perchas por toda la casa, en vitrinas de cristal bajo llave y aún en grandes sombrereras.
Don Manuel Venegas arrendaba sombreros, guantes y boas de plumas a la más rancia aristocracia del puerto durante la primera mitad del siglo XX. Su mayor reliquia era una boa de plumas de color zapallo que - según decía - le había alquilado a la actriz Vivien Leigh cuando estuvo presentándose en el Teatro Municipal de Santiago. Don Manuel la sacaba con gran cuidado de su estuche como si en verdad fuera una boa y contaba cómo se la había echado sobre los hombros la protagonista de “Lo que el viento se llevó”.
También atesoraba cajones repletos de abanicos de plumas de avestruz y unas plumas maravillosas de color marrón veteadas de negro que llamaba “cuchillos de faisán”. El salón de recibo, bastante venido a menos, lleno de muebles arrumbados, se componía de grandes espejos de marco dorado, altísimos, que casi llegaban al techo y un inmenso gobelino francés bastante desteñido por el sol. Una vez tenía encaramado en un andamio a un mozo suyo retocando el vestido de una reina con lápices de colores.
Don Manuel Venegas era un personaje excéntrico del viejo Valparaíso, aunque jamás salía de su casa. Simplemente ordenaba y ordenaba sus sombreros en sus percheros y vitrinas, y recibía a tomar el té a empolvadas damas de edad de Valparaíso que acudían allí, vestidas de negro y con sombrero, a hilvanar recuerdos de otro tiempo, de cuando todo era más elegante y se acudía a las temporadas de ópera en el teatro Victoria.

Antiguo teatro Victoria
En medio de palanganas que recogían el rítmico gotear de la lluvia, hablaban de una dama de pretéritos linajes que tenía la cara esmaltada y de una señora madrileña que atendía el buffet de confites del teatro Velarde. Una vez fui a saludarlo. Subí aquellas escalinatas de mármol que comunicaban con otras casas. Al llegar al tercer piso, me llamó la atención que la puerta estaba junta. Empujé y no pude creer lo que veía. Aquellas abarrotadas habitaciones estaban completamente vacías. Don Manuel Venegas había fallecido en esos días y unos lejanos parientes que jamás lo visitaron, vinieron rápidamente a llevarse todo. En pocas horas, no quedó ni rastro de aquel mundo. Era como si un viento frío de la eternidad se hubiera llevado aquel vetusto mundo de plumas y abanicos…
Veladas musicales a la hora del té
Un tío de origen italiano, dueño de la Tostaduría “La Independencia”, cantaba fragmentos de ópera después de atender el mostrador. Se llamaba Carlos Marino. Otras veces tocaba violín, abriendo sobre un alto atril unas partituras de Sarasate. Me gustaba mucho ir a su casa porque siempre hablaba de ópera y zarzuela. Era un hombre que poseía un carácter conversador y alegre. Puede decirse que a él le debo el gusto por la música.
En el living tenía una curiosa lámpara cilíndrica con un aspa en su interior. Al encenderla, el aspa giraba y producía un efecto de movimiento en unos paisajes que se veían al trasluz. Así, los molinos giraban y el agua de la cascada daba la impresión que caía. También tenía un mueble de victrola donde escuchaba sus discos italianos con canciones napolitanas de Dino Butti. “Cuando yo me muera, dentro de esta victrola va a estar mi tesoro” solía decirme. Luego le daba cuerda y ponía siempre música italiana, cantando al unísono con el tenor Tito Schipa la canción "Torna Sorrento".
Junto a él, mi tía Laura Reale cantaba un repertorio de canciones antiguas como "La Tranquera" o "El Copihue Rojo" con su hermosa voz de soprano lírica de timbre tan único. También llegaba a esa casa una amiga de mi madre que era sevillana. Se llamaba Maruja Flores y recitaba el larguísimo poema andaluz "Parque de María Luisa". Tenía un gran moño y una voz muy aguda con la que recitaba:
"Los claveles del Parque de mi Sevilla se suben ellos solos a las mantillas"…
La esposa de mi primo Miguel se llamaba María Antonieta y también cantaba en aquellas veladas con una voz lírica en aquel comedor grande, en medio de vitrinas con copas y arreglos florales de centro de mesa. También había una señora de apellido Harrington que cantaba arias de “Madame Butterfly”.
La hermana de mi madrina, Elba Leighton - cuyo nombre me parecía de novela - actuó en "La Dama Boba" de Lope de Vega en la compañía de Elsa Croxatto que se presentaba en los salones del Club Español frente al Arco Británico...
Todos estos personajes tenían música en el corazón, eran fantasmas de otro escaparate, seres escapados de una tarjeta postal en sepia. Ahora que los evoco y los fijo en mi memoria como hacemos con los retratos en un álbum, me parece que me sonríen desde lejos, como comprendiendo... Es que todo en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño...