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la ciudad Cerros Polanco/Larraín


 
Juan Riquelme
Riquelme
Juan Riquelme en su lugar de trabajo












































Ascensorista
Acceso












ascensorista
Ascensor Larraín














Manejando
Manejando el Ascensor
 

En 1976 aprendió a manejar los ascensores de Valparaíso; pero la vida lo llevó hacia otros rumbos. Fue taxista, repartidor de pan y jardinero. Un accidente lo reencontró con la paz de la cabina y hoy a sus 55 años, lleva 18 de maquinista. No piensa dejarlo. Maneja el Larraín sin tacos y siempre con una linda vista.    
 
Hace 18 años que soy maquinista, mucho más, pero aquí en esta empresa llevo eso. Antes trabajaba en los ascensores municipales, en El Peral y el San Agustín, pero eso fue en el año 76. A esta compañía, Valparaíso Mecánica y Nacional, entré en el año 90.
 
Yo nací en Valparaíso, no me he movido nunca de acá. Nací en el Cerro Playa Ancha y ahora vivo en el Cerro Santo Domingo, cerro patrimonial, primer cerro que se formó en Valparaíso.
 
En los municipales trabajé dos años, entré primero a mantención. Tenía unos 24 cuando manejé mi primer ascensor. Cuando uno entra la gente le va enseñando, es lo mismo que manejar un auto, le hacen un examen psicológico, otro para la vista, para todo. He manejado casi todos los ascensores de Valparaíso. Actualmente estoy trabajando en tres, en éste, en el Concepción y el Espíritu Santo.
 
Acá yo tengo que despachar a las personas. Mi trabajo es que la gente suba y baje. Yo doy el contacto porque el carro es eléctrico y cierro y abro la puerta con una palanca. Yo soy el que maneja, yo soy el que tira el carro, por eso soy el maquinista. Me gusta serlo porque no es común, además los ascensores son patrimonio. Se conoce más gente, se habla, se ve. Y te preguntan cosas y uno siendo de aquí -yo soy porteño de tomo y lomo- le puede contestar.

Juan Riquelme
Juan manejando el Ascensor Espíritu Santo
 
Antes trabajaba taxis, iba para todos lados. Ahora prefiero manejar aquí, no tengo el problema de estar pendiente del auto de al lado, ni del otro lado o de que me van a chocar. La única falla sería mía, o una eléctrica, como que se cortara la luz. Acá yo leo el diario y escucho música. Hay dos radios que escucho siempre, la Congreso y después la cambio a la Festival para escuchar las noticias: El Festivalazo de la una y diez. A lo primero que llega uno en la mañana es a barrer y revisar si está bien la máquina. A las siete la gente ya está bajando a dejar a los niños al colegio.
 
¡A Valparaíso lo tengo más mirado! Desde mi casa tengo una visual constante hacia el mar, trabajo en el ascensor Concepción donde tengo la bahía al frente, en el Espíritu Santo también y en éste también. Pero a este cerro vienen pocos turistas porque no hay un mirador que sea elocuente. Van más para el Espíritu Santo en el Cerro Bellavista; el mismo nombre dice por qué.
 
Yo veo siempre a la misma gente, baja la misma y sube la misma. A veces sube otra distinta que son parientes de los que viven acá. Sé la hora en que van a bajar; los que trabajan en los bancos y en las tiendas bajan apurados. Más o menos uno calcula que es hora de que baje tal persona y aparece. Y cuando no pasa uno se da cuenta y piensa:- Ah, bajó a pie.
 
En este cerro conozco a mucha gente porque yo viví aquí, en la calle Centeno. Cuando empecé a trabajar en estos ascensores vivía aquí con mi mamá, mi señora y mis hijos. Después la empresa me dio casa en el Cerro Santo Domingo. Pero he vivido en varios cerros. Uno nace en una parte y se cambia, yo nací en Playa Ancha y crecí en el Barón. Viví en el Lecheros y acá, siempre por este sector. Conozco los cerros de Valparaíso.
 
Cuando salí del colegio era bobinador de lana en una fábrica de Viña del Mar. Después seguí trabajando en lo que viniera, pinté autos, empecé a manejar taxis, cuando fue el Golpe de Estado trabajé en el PEM -Programa de Empleo Mínimo. Desde ahí me llevaron para los ascensores. Yo trabajaba en Parques y Jardines y necesitaban a dos personas. Levantamos la mano y nos llevaron. Empecé limpiando carros y líneas; aceitar, engrasar, todo eso, y ahí estuve mirando y mirando al maquinista hasta que me tiré al charqui (me atreví) y aprendí a manejar.
 
Después en el noventa, cuando volví a los ascensores, a mí me faltaba práctica no más, por eso quedé al tiro, no alcancé a estar tres días y me contrataron. Yo ya sabía todo. Una vecina de acá del Cerro Larraín, que era cobradora pero falleció, me avisó que necesitaban un maquinista. Yo venía convaleciente de un accidente. Era repartidor de pan cuando pasó. Un 25 de marzo, día domingo en la mañana, todavía me acuerdo, iba camino al Cerro Las Cañas subiendo por la calle Anticlea y una micro que venía rajá (muy rápido) desde arriba me chocó y me hizo rebotar. Quedé inconsciente, lo único que me acuerdo es que me estaban sacando por el parabrisa. Tengo un injerto en la rodilla y un TEC -traumatismo encéfalo craneano- cerrado; ese no me deja jugar a la pelota, pero yo juego igual, es el vicio de uno.
 
Antes del accidente mi vecina me había preguntado si me gustaría trabajar en los ascensores y yo le había dicho que sí, pero que se ganaba muy poco; yo recibía el doble repartiendo pan. Cuando ya estaba casi recuperado me fueron a buscar a la casa de la empresa y me dijeron que necesitaban un trabajador. Y quedé. Un día en el ascensor Concepción mientras practicaba, el maquinista que estaba conmigo me dijo:- ¿Puedes estar solo? Tengo que hacer un trámite. Yo le dije que sí. Bajó y cuando venía de vuelta se encuentra con el jefe que lo reta y le dice que cómo se le ocurre dejarme solo, si yo estaba recién empezando. No si no está na’, si pareciera que hubiera trabajado siempre en los ascensores- le contestó el otro.
 
Es tranquilo trabajar acá. No molesta nadie, los que llegan medios pasados de alcohol no más; llegan apurados, quieren irse luego o se ponen a pelear aquí, pero entre ellos no con uno. A veces son conocidos entonces les digo:- Compadre, váyase para la casa tranquilo a dormir un rato y después sale de nuevo. A veces escuchan y a veces no. Depende de lo que están tomando. Pero acá nunca tengo problemas con la gente. Me ha pasado que me dicen:- Sabe, compadre, no tengo plata. Yo les digo:- Yo manejo no más, compadre. Pero yo no puedo pedirle a la cobradora que los deje pasar porque ella al final, si le faltan dos o tres monedas, tiene que poner de su bolsillo, entonces no es grato estar pagando plata ajena.
 
Yo a Valparaíso no lo cambio por nada, sobre todo los cerros. El cerro es más despejado; en el plan hay mucha bulla, en el cerro no pues, el viento pasa y se lleva todo lo malo. Acá en éste, en el patio del edificio que queda a la salida del ascensor, celebrábamos el año nuevo, cuando todavía no enrejaban. Veíamos los fuegos artificiales. Se juntaba todo el barrio y bailábamos ahí mismo. Empezabas acá y a la casa llegabas gateando, sin bajar al plan, estando acá no más.




 
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