El sobrenombre es evidente. Thierry Defert habla sin parar y sus cejas se asemejan a los techos de coirón de las casas playeras. Hablar con el Loro Coirón es sumergirse en un imaginario infinito. Dakar, París, Tierra del Fuego y Valparaíso son sólo directrices para su interlocutor. En la vida no hay lugares sino momentos en ellos, le dijo un amigo. Pero en el caso de Thierry, lo más exacto sería decir que lo que hay son miradas y emociones.
Thierry Defert camina solo por la Avenida Pedro Montt. Es 1995 y no conoce a nadie. Está de paso, su barco zarpa en unos días. A través de una vitrina ve a un hombre sentado entre pilas de libros. Es una librería. Thierry se encanta con la imagen, entra y espía discretamente. Una vez en Francia hace sus primeros grabados sobre Valparaíso: una tarjeta postal de ochenta centímetros de alto por cuatro metros de largo. La dobla como si fuera un sobre y escribe: Librería Crisis. Gracias por existir. Esa epístola marcaría su destino. De ahí en adelante Thierry sólo quiere dibujar al Puerto. Es como estar enamorado; mi única fidelidad es con Valparaíso.
La primera vez que visitó la ciudad fue en 1989, aunque su destino final era Tierra del Fuego. Una estudiante argentina de la universidad donde enseñaba en París lo había convencido de cumplir su sueño. Llegaron a Buenos Aires y cruzaron la Cordillera. El diseñador Ricardo Lang fue su anfitrión en Valparaíso. Thierry estaba fascinado, pero no por la disposición de las calles, ni sus cerros, ni los colores de las casas. Pocos días antes había estado en Los Andes, su primera parada en Chile. En la Plaza de Armas de esa ciudad vio una mujer con su bebé en los brazos que caminaba hacia él. Cruzaron miradas. Fue un movimiento de su cara, una cosa super fuerte, la luz, la guagua, todo: las mujeres chilenas tienen una mirada única en el mundo. Es impresionante, increíble. Una vez que he visto esto… No había vuelta atrás para él. Y en Valparaíso sintió la misma sensación. Algún día escribiré un libro sobre esto, dice hoy.
Que a Thierry Defert lo conmoviera tanto el contacto visual con una mujer, al punto de hacer de Chile y Valparaíso su segunda casa, no es sorpresa, considerando su crianza. Pasó de los cuatro a los diecisiete años en Dakar, Senegal. En 1952 su padre había salido de Francia en busca de trabajo. Al año siguiente llegó su madre con Thierry y su hermano. Allí aprendió que el mundo es diverso: en una clase de 51 alumnos había 15 nacionalidades distintas. Hay más o menos diez etnias importantes en Dakar y a eso hay que sumarle los invitados: portugueses, libaneses, siberianos, franceses… En París, el Loro Coirón tiene su taller instalado en un barrio de inmigrantes. La idea de vivir con 25 nacionalidades para mí es una obligación, es como tomar agua todos los días, porque mi educación fue en un lugar de multiplicidad.
Pero no sólo aprendió a amar las diferencias del mundo, sino que a leer la vida a la manera africana: a través de sensaciones, miradas y emociones. Cuando volvió a Francia su principal problema fue que las personas se reían cada dos horas.
En Africa la gente se ríe todo el día, es casi una droga.
En occidente hay mucho pudor. Para Thierry dibujar era una manera de seducir. Todavía lo es.
Es un medio para estar en comunicación con nosotros y obtener miradas cariñosas.
El grabador en su taller
Desde los seis años que busca la empatía a través de sus dibujos. Es lo único que sabe hacer. No hubo caso con que terminara el colegio, repitió el mismo curso más de dos veces. Finalmente sus padres lo inscribieron en una escuela parisiense de preparación para una universidad de arte. Entonces tenía 17 años. Los profesores exigían una disciplina de fierro. Allí aprendió que uno puede hacer lo que quiera, siempre y cuando lo haga bien. Es una maravilla cuando puedes probar el ritmo de tu propia experticia. Thierry lo hizo con creces. No tomó el camino convencional; él es un niño de Senegal, como dice, necesita estar en la calle. Las paredes académicas le asfixiaron y sólo estuvo un tiempo en la universidad. En 1972 junto a un amigo puso una galería de arte en París, la Galería de la Baume. Se hizo famosa y lo contactaron de una agencia de publicidad. El aceptó el trabajo pensando que podía humanizar ese mundo. Poco tiempo después renunció y en 1975 ya era director de arte en Francia para una empresa escandinava de afiches y murales.
Entretanto el famoso periodista y crítico de literatura francés, Bernard Pivot, lo integró a su equipo de trabajo. Thierry salía en televisión todos los lunes en la noche presentando álbumes de historietas, fotos e ilustraciones, en el programa Ouvrez les guillemets (1973-1974). Tuvo el agrado de estar presente en la entrevista que Pivot le hizo a Hergé, el creador de Tintin, uno de sus héroes. Después organizó exposiciones en el Museo Pompidou de París sobre ilustradores como Albert Dubout y otros tantos maestros del dibujo. Pero así como se tomaba con pasión las actividades laborales, en el amor fue demasiado intenso: una desilusión lo dejó borracho por cinco o seis años. A los 33 se internó en un hospital psiquiátrico: fui Jack Nicholson en One flew over the cuckoo’s nest por cinco semanas. Allí retomó el dibujo e ilustró todo lo que pasaba a su alrededor. Haciendo esto sabía que ya había retomado su vida.
Desde 1881 hasta principios de los noventa estuvo a cargo de la sección de ilustraciones e historietas de la revista de fotografía Zoom en París. Siguiendo su instinto aprovechó el espacio para dar cabida a los nuevos talentos que nadie conocía, siempre apuntando a la diversidad. Retomó las exposiciones en el Pompidou y como si esto fuera poco, escribió un libro: Georges Lepape ou l’ elegance illustree. Con esa obra, encargada por un editor, ganó el Premio Elie Faure 1984. Hoy el Loro Coirón se ríe cuando piensa que le dieron un premio de literatura a una persona que no se sabe ni su abecedario.
A partir de 1983 y por 17 años se dedicó a armar y a hacer clases en la universidad de arte Les Ateliers en París, con formas de enseñar muy a la vanguardia. Fue una de sus alumnas la que lo motivó a hacer el soñado viaje a Tierra del Fuego. El niño de Senegal quería conocer su verdadero hogar: allá en Dakar lo habían bautizado “Fuego de Campo” por su pelo colorín. Y un día, a los siete años, mirando un atlas llegó hasta el sur extremo de la página y vio con sorpresa que existía un lugar con su nombre:- Este debe ser mi país- dijo. Más de treinta años después pisó su tierra. Cerró un ciclo. Y tendría que dar toda esa vuelta para descubrir su próxima gran pasión: Valparaíso.
Cuando estaba caminando por la calle Chacabuco me enamoré del movimiento de las personas. En su estadía de 1995, hospedado en el –ahora inexistente- Hotel Lancaster, Thierry Defert vio el barroco de Caravaggio, el pintor italiano del siglo XVII, en el paisaje de la ciudad. Hizo croquis de todos sus rincones y se propuso seguir haciéndolo. Quiere dibujarlo todo: hacer una gran postal de 300 metros de ancho por 4 metros de altura. Una utopía- dice. Voy a terminar en veinte años o quizás no lo termine, lo importante es hacerlo. Desde entonces que se reparte entre París y Valparaíso. Tiene su propia sala de exposición permanente en el café restaurante Tertulia de calle Esmeralda. Pero además, le declaró la guerra al zapping y se propuso mostrar sus grabados cada cuatro años en la sala El Farol de la Universidad de Valparaíso, para dar una continuidad temporal a su obra. En el 2000 hizo la primera presentación y vendría la tercera en el 2008.
Thierry Defert hoy es un porteño más. Claro que siempre lo fue pues Dakar también es fondeadero, y quizás por eso se sienta en casa. Le gusta que Valparaíso haya sido un lugar olvidado: las cosas olvidadas o mueren o desarrollan su propia personalidad. El Puerto creó la suya, y tiene al Loro Coirón para que la inmortalice mientras cambia.
Por Montserrat Madariaga
ENTREVISTA a Thierry Defert