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Cementerios

Visto desde una perspectiva contemporánea, los tres cementerios más antiguos de Valparaíso tienen una ubicación privilegiada. Se ubican en terrenos casi planos, a 30 metros sobre nivel el mar y dominando con la vista parte de la ciudad y el horizonte. Esta situación sería aún más envidiable, si no tuvieran al frente a la ex Cooperativa Vitalicia porteña, que les tapa buena parte de la visual. Aunque por otro lado, la ubicación de la mole de concreto - durante años el edificio más alto de Chile- funciona como pantalla protectora a la mirada cotidiana de los transeúntes del plan. En cierta medida, contribuye a preservar la intimidad de los cementerios, cuya serenidad es perceptible en las estrechas callejuelas donde se atiborran mausoleos y criptas desde la tercera década del siglo XIX.
 
Todas estas reflexiones parten desde el presente. Pero si nos remontamos a las razones prácticas que llevaron a construirlos donde están, la percepción cambia. En 1825, cuando se instala el primero de ellos, la ciudad estaba lejos, entre las plazas Aduana, Echaurren y la que después se llamaría Sotomayor. Sus habitantes no superaban las 15 mil almas. Para los cementerios se necesitaba un lugar llano y alto, que los preservara de los aluviones, que eran habituales en los faldeos, quebradas y plan de la ciudad. La meseta elegida estaba completamente deshabitada y no costó nada nombrarla: Cerro Panteón. No fue culpa de los cementerio que los vivos alcanzaran sus deslindes posteriormente.
 
La fundación de camposantos públicos fue una política de Estado impulsada por Bernardo O’Higgins, que creó el primero en Santiago en 1821. Se fundamentó en nuevos conocimientos sobre Salud Pública, luego de una epidemia mundial de peste bubónica. Desde ese momento la sepultura dentro del área urbana fue prohibida y se llevó a la periferia. ¿Dónde eran sepultados los habitantes de la ciudad antes de estas disposiciones? Junto a las iglesias de los conventos – había cuatro en Valparaíso – y al costado de la Iglesia de la Matriz. En cada una había un terreno destinado a dar sepultura en una zanja común, que se iba tapando de tierra a medida que se llenaba, hasta copar el terreno. Así fueron los entierros durante todo el período colonial. Solo personajes singulares lograban criptas bajo el altar de algunas iglesias. Otros pocos obtenían un cenotafio o placa recordatoria en la pared de algún templo, sin ninguna relación entre el cuerpo y el distintivo que recordaba al difunto.
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La administración de los camposantos públicos fue municipal, sin relación con orden religiosa alguna. Sin embargo, en Valparaíso se presentó un hecho singular. El desarrollo económico comenzaba a ser impulsado por una pléyada de inmigrantes provenientes de Inglaterra, Norteamérica, Alemania y Francia, de los cuales muchos eran agnósticos o de creencias protestantes. La ley vigente en ese entonces vinculaba estrechamente al Estado con la Iglesia Católica, el único credo autorizado en el país. Entonces, en los nuevos cementerios públicos no podían ser sepultados creyentes de otras religiones. Fueron las autoridades diplomáticas inglesas de la época quienes lograron comprar el terreno inmediatamente vecino al Cementerio Nº1. Separado por una angosta calle pública se fundó el Cementerio de Disidentes, para sepultura de cualquier no católico. Corría 1827.

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El cementerio de Disidentes

Hoy ambas necrópolis tienen sus puertas de acceso una frente a la otra. Visitarlos es una experiencia que aporta conocimiento de la historia y goce estético. Al Cementerio Nº1 se accede por un atrio cubierto, rodeado de altas columnas, para continuar por hermosas avenidas bordeadas de interesantes mausoleos, muchos con nombres de próceres militares, políticos o benefactores que han marcado el destino de Chile y de la ciudad. Junto al acceso hay un gran plano mural que señala la ubicación de los personajes más destacados. Las avenidas terminan en un balcón mirador, suspendido sobre el acantilado, junto al mausoleo de Pascual Baburizza.
 
La arquitectura de este cementerio se singulariza por la existencia de mausoleos familiares muy bien construidos, incluso mejor que las mansiones de las que los difuntos provenían. Están alhajados con trabajos de escultura, herrería, vitrales, revestimientos de piedra y mármol. Son construcciones de la altura de una pequeña capilla y su objetivo es identificar un lugar, un nombre – persona o familia – con los difuntos allí instalados. Es una actitud radicalmente distinta a la de las sepulturas coloniales, producto de la cultura del individualismo reafirmado durante el siglo XIX.
 
El Cementerio de Disidentes muestra un paisaje radicalmente diferente. Sus mausoleos son casi a ras de tierra, con alturas no superiores a las de una mesa, salvo algunas esculturas o pirámides masónicas. Contemporáneo al cementerio vecino, es expresión de una cultura diferente.
 
Es un recorrido entre nombres de origen sajón, donde también hay próceres nacionales y porteños. Casi a la entrada está el mausoleo de los caídos en un hecho singular. En 1814, en plena guerra entre Inglaterra y Estados Unidos, la fragata norteamericana Essex - cuyos oficiales y tripulación eran agasajados por la población de Valparaíso -  repentinamente fue atacada por los poderosos barcos británicos Phoebe y Cherub que, no respetando la neutralidad chilena, la hundieron dentro de la bahía. Murieron más de 40 norteamericanos que, por ser protestantes, fueron sepultados en el faldeo de un cerro. Cuando en 1827 se fundó el cementerio, sus restos fueron trasladados y sepultados en un mausoleo de mármol. Cada vez que una nave de la marina norteamericana visita Valparaíso, sus tripulantes suben al Cementerio de los Disidentes a rendir los correspondientes honores.
 
Valparaíso siguió creciendo y el espacio de ambos camposantos se hizo estrecho para sus necesidades. Es por eso que en 1840 y al costado del Cementerio Nº1 comenzó a funcionar una fosa común, lo que obligó a las autoridades a comprar el terreno y abrir las puertas del Cementerio Nº2.
Con el correr del tiempo nuevamente se hace necesaria la búsqueda de “espacio vital”. La creación del Cementerio Nº3 en 1887, esta vez en las lejanías de Playa Ancha, supone el anhelo de una solución final para el problema. Es por mucho el más grande, no sólo de Valparaíso sino de toda la Quinta Región y sugiere un modelo a escala de la ciudad misma. Es que posee una privilegiada vista de la bahía, pero también desnivel en el terreno, como una clara alegoría a los cerros y el plan. A esa idea contribuye el hecho de que los grandes mausoleos, de sus más prominentes ocupantes, se ubican cerca de la entrada principal, en la parte más plana. Mientras los nichos más modestos, los levantados por organizaciones comunitarias y las sepulturas temporales se ubican en los terrenos más altos o más al poniente del camposanto. Esta diversidad lo hace digno de una visita. Una forma de conocer Valparaíso desde el profundo misterio de la muerte. 
 

 
 



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Cementerio N°1









 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 


 


 


 


 


 

 

 




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Vista interior Cementerio N°2

 

 
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