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Las tragedias que marcaron su identidad

Terremotos, incendios, bombardeos y epidemias han marcado la historia de Valparaíso. El terremoto de 1906 dejó a su paso miles de muertes y acabó con gran parte de la ciudad. Pero no con el tesón de sus habitantes que, todavía enlutados, rehicieron su funesto Valparaíso.
       
La señorita Matilde González Carson estaba en su habitación. Faltaban cinco minutos para las ocho de la noche. Afuera una llovizna persistente invitaba a guardarse después de un día de colegio. Aun no se cambiaba a sus pijamas cuando la tierra comenzó a sacudirse. Matilde sintió el movimiento bajo sus pies. Oyó el rechinar de las paredes y el ruido de los objetos temblando hasta caer. Se asustó. Quiso salir pero la puerta estaba trabada. Se asustó más. Tomó su crucifijo con ambas manos y lo apretó contra su pecho. La convulsión se hizo más fuerte arrojándola contra el piso. Matilde rezaba entre sollozos. La única pared de la casa que se derrumbó cayó sobre su cabeza. Murió en el momento. La encontraron arrodillada a los pies de su cama con el crucifijo entre las manos.
       
El día 16 de agosto de 1906 esta historia se repitió en cada esquina de Valparaíso, con distintos protagonistas y circunstancias, pero el mismo resultado: la muerte. Una familia sentada a la mesa disfrutando su cena, un profesor de piano tomando la que sería su última lección, una madre haciendo dormir a su bebé; ninguno podía presagiar la desgracia que estaba a punto de sucederles. Fueron cuatro minutos de sacudida con dos momentos de gran intensidad. La tierra parecía querer expulsarlos a todos. Los que lograron salir de sus casas corrían despavoridos por las calles y los más controlados se resguardaban bajo los dinteles de las puertas. La ciudad estaba en tinieblas. Sólo los relámpagos iluminaban el camino mostrando las ruinas y los cuerpos tirados en el suelo. Se escuchaban gritos, risas histéricas de pánico, alaridos de desesperación, llantos de niños. Para cuando terminó el segundo gran remezón la quietud suspendió el tiempo. Todos estaban expectantes, temerosos de lo que venía. Una luz roja apareció entre la negrura del aire polvoriento. Y otra luz. Los incendios dieron un respiro a los porteños, que por fin podían ver y buscar a sus seres queridos.

refugioAVBRASIL
Asentamiento temporal en Avenida Brasil

La población que sobrevivió pasó la noche en los espacios abiertos: en las plazas, los descampes de los cerros y las grandes calles, como Avenida Brasil. Estos lugares se convirtieron en la residencia provisional de muchas familias. La Plaza de la Victoria se mostraba blanca por las sábanas que hacían de carpas para los habitantes. Los más afortunados alcanzaron a refugiarse en las congregaciones religiosas, en las naves fondeadas en la bahía y en los tranvías eléctricos.
 
El panorama era aterrador. Lo que el terremoto no había derrumbado se había calcinado, en uno de los 39 incendios que le siguieron. El Barrio del Almendral – de la Plaza de la Victoria hasta el Cerro Barón- había ardido por completo. Ni una sola vivienda se salvó. Tampoco el Mercado Cardonal, el Teatro de la Victoria y la Intendencia, la Gobernación Marítima en la Plaza Sotomayor y el Muelle Fiscal en el Puerto, por mencionar algunas de las pérdidas.
 
El perjuicio humano fue el más doloroso: 3 mil muertos - sin contar a los que quedaron en estado de gravedad y fallecieron después - y más de 20 mil heridos. Pero los porteños, lejos de caer en una depresión colectiva, a menos de un mes de la catástrofe soñaban con el futuro esplendoroso de Valparaíso. En la leyenda de una ilustración de la revista Zig - Zag del 2 de septiembre se leía: Contemplando esta fantasía pictórica asistimos a la resurrección de un pueblo que se levanta lleno de soberano empuje, como al impulso de un soplo vivificante y misterioso; a un espectáculo que acaso podamos presenciar unos cinco años más tarde. Lo cierto es que ya se barajaban distintos proyectos de recuperación urbana y sólo cuatro años después, para el centenario de la emancipación de Chile, Valparaíso festejaba lleno de vida, fortalecido.
 
Juan de Dios Ugarte Yavar, en su libro de 1910, Recopilación histórica de Valparaíso, recuerdo del primer centenario nacional, escribió: Ya se ven en pie valiosos edificios, casi todas las calles ya delineadas y dentro de poco la nueva población será el orgullo de sus habitantes.
 
Quizás influyó en esta actitud progresista el que no fuera la primera vez que la ciudad se veía obligada a renacer de sus ruinas, sino la séptima. El terremoto que inauguró la serie fue el de mayo de 1647, cuando Valparaíso era una caleta de pescadores muy pequeña. No hubo víctimas humanas. Le siguió el de julio de 1730, que estuvo acompañado de una salida de mar que afectó a la Iglesia de la Merced y las pocas viviendas de El Almendral. En mayo de 1751 la población despertó de madrugada por los movimientos telúricos. Nuevamente el templo de los mercedarios fue destruido. Pero el de noviembre de 1822 sería más cruel. Terminó con la vida de 78 personas y dejó más de 100 heridos, entre los que se encontraba el Director Supremo de Chile Bernando O’ Higgins, de visita en Valparaíso y quien por poco es aplastado por una de las paredes de la Casa de Gobierno. Sólo 29 años después la tierra daría su quinto azote, el dos de abril de 1851 a las siete de la mañana. Se derrumbaron algunos edificios entre los que estaba - otra vez - la Iglesia de la Merced. En marzo de 1896 el terremoto vino de noche y hubo pérdidas de mercaderías en las casas comerciales, ya  comunes en la ciudad. Pero ninguno fue tan terrible como el de 1906.
 
Como si fuera poco, no sólo sismos ha sufrido el Puerto. El 15 de marzo de 1843 se produjo un incendio que destruyó casi completamente el barrio comercial. Aún no existía el Cuerpo de Bomberos, por lo que fue la ayuda de los buques extranjeros la que detuvo el siniestro. Y todo empezó porque un muchacho jugaba a torturar con una vela a una rata entrampada. La vela cayó cerca de unos barriles de brea y el resto es historia.
 
inundacionTRAGEDIA
La calle Condell inundada

El 15 de diciembre de 1850 otro incendio ilumina la bahía. Esta vez arrasa con la edificación de la Calle del Cabo, hoy Esmeralda.  Tras este segundo gran incendio en la ciudad, se tomó la decisión de formar el Cuerpo de Bomberos.
 
Dieciséis años después, Valparaíso ardería de nuevo; esta vez no por accidente. El 31 de marzo de 1866 los españoles, en guerra con los chilenos, ya planeaban su retirada, pero antes se aseguraron de ser recordados. Durante tres horas 2600 bombas y granadas fueron disparadas hacia los puntos más significativos de la ciudad: la Intendencia, los almacenes de la Aduana, la Bolsa de Comercio y la línea del ferrocarril. La tierra quemada, Alimapu, hizo honor a su nombre.
 
No satisfecho el destino con tanta desgracia sobre Valparaíso, el 11 de agosto de 1888 corrió con violencia quebrada abajo, entre los Cerros San Juan de Dios y Yungay, un mar de agua que el ciudadano Nicolás Mena tenía almacenada en su tranque personal, unas ocho cuadras más arriba del Camino de Cintura. Las autoridades le habían advertido sobre los peligros de su represa, más hizo caso omiso y la fue ensanchando de a poco hasta que se derrumbó el muro de contención. Una ola roja de fango gredoso se precipitó cuesta abajo arrastrando desde troncos hasta personas. Pasó por las calles Yungay, Bellavista y Condell, destruyendo casas y comercios, incluso dejando víctimas fatales. La gente pensaba que se había salido el mar, pero fue lo que después se conocería como “la catástrofe del Tranque Mena”.
 
Las condiciones poco higiénicas en que vivía la población, sobre todo la de escasos recursos, hacían de Valparaíso un blanco fácil para las pandemias. La falta de agua potable, de un sistema de alcantarillado, la acumulación de basura y el hacinamiento en que vivían las familias en los conventillos eran excelentes condiciones para enfermarse. En 1887 hubo una epidemia de cólera que vino desde Quintero. Se hicieron “cuarentenas terrestres”, con soldados que no dejaban pasar a los transeúntes que iban hacia Valparaíso, hasta chequear que no estuvieran contagiados. De igual manera la enfermedad terminó con 2.079 vidas en el Puerto.
 
Esa no era la primera crisis infecciosa de Valparaíso; de hecho, en 1831 y 1832 había sido la escarlatina la que causó estragos. Tampoco sería la última. En 1905, un año antes del gran terremoto, la ciudad se vio abatida por la viruela. Los hospitales no daban abasto y sólo había cuatro médicos para atender a domicilio. Una masiva vacunación – tratamiento odiado por los porteños - terminó con la epidemia. Aún así, más de mil personas fallecieron. Y justo cuando la población recuperaba su moral, el terremoto vino a confirmar su destino infausto. Valparaíso, cual Prometeo encadenado, recibiría su sino con sobriedad.




BIBLIOGRAFIA
 
La catástrofe del 16 de agosto de 1906 en la República de Chile. Alfredo Rodríguez y Carlos Gajardo. Santiago, 1906. Imprenta Barcelona, 1ª edición
 
El libro azul del IV Centenario de Valparaíso. Gabriel Elzo y Álvaro Bustamante. Valparaíso, 1937. Imprenta Roma, 1ª edición
 
Crónicas del viejo Valparaíso. Francisco Le Dantec. Valparaíso, 2003.
Ediciones Universitarias Universidad Católica de Valparaíso, 1ª edición
 
Monografía histórica de Valparaíso. Víctor Domingo Silva. 1910
Ediciones Altazor - Viña del Mar, 2004 
 
Memorial de Valparaíso. Alfonso Calderón. Santiago, 2001. Ril Editores, 1ª edición
 
“Panorama de lo infausto”. María Teresa Figari. Revista de Historia. Año 9 - 10, volumen 9 - 10, 1999- 2000

Imágenes aporte del historiador Pablo Páez

El Mercado Cardonal después del terremoto de 1906
El Mercado Cardonal después del terremoto de 1906























































































zigzagTERREMOTO El optimismo en revista Zig-Zag luego del terremoto


















































































sucesosVIRUELAtrag En la portada de Sucesos la epidemia de viruela de 1905   



 
 
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