Esta crónica es parte del libro Valparaíso a la Vista de Allan Browne Escobar, Editorial de la Universidad de Valparaíso, 2003
M
as claro, hay ciudades con mito y ciudades sin mito— escribe Gonzalo Rojas, acuñando una frase poética memorable
- Y alguna vez lo habré dicho: no basta con amar Valparaíso; hay que merecerlo…
Sabemos de sobra que Valparaíso es una ciudad de mitos. El año pasado Víctor Rojas Farías publicó un libro ineludible sobre mitos y leyendas del puerto, pero hoy día nos estamos refiriendo a un mito en singular.
Con mucha agudeza Lorena Valenzuela, una alumna de la Escuela, me inquiere: - ¿Cuál será, entonces, el mito madre de todos los mitos de Valparaíso?
- El que está implícito en su nombre - le contesto - el Valle del Paraíso. El poeta Andrés Sabella celebra el juego de palabras: - Va al paraíso, yo titulo mi columna del periódico La nueva voz de esta manera: ¿Va al paraíso? - El poeta Goyo Paredes también lo escribe en su poema Canto a Valparaíso. La frase es tan sugerente que ya radica en el inconsciente colectivo.
Sabemos, por el profesor Leopoldo Sáez, que el nombre se origina en aquel Valparaíso de Sevilla, avecindado con Ecija, que fue el terrón natal de Juan de Saavedra, descubridor y denominador de nuestro puerto en 1536.
El mito matriz de Valparaíso nace necesariamente ligado al Cabo de Hornos, como una ecuación ancestral que adquiere, con la maceración del tiempo, una aureola ultraterrena y hasta metafísica.
El Cabo de Hornos es un peñón solitario que marca el encuentro entre los dos océanos y que junto con el Estrecho de Magallanes fueron las puertas de acceso al Pacífico, hasta que se construyera el canal de Panamá. Por siglos, antes de 1914, Valparaíso resultó ser el mejor puerto de recalada para la reparación de las naves y la reanimación de las tripulaciones después de la tormentosa navegación por el Cabo.
Así es como en todas las cartas de navegación, bitácoras y derroteros, el Cabo aparece como el lugar geométrico de la furia del mar. Surge, entonces, la metáfora: el Cabo de Hornos es el infierno (invierno) mientras que Valparaíso es el Paraíso.
Aquí debemos hacer notar un sincronismo sutil. Una coincidencia entre el propio y lírico nombre de Valparaíso y la alegoría metafísica, que sin duda ha ayudado a plasmar el mito.
Existe la idea que los mitos son producto de la pura y vana fantasía. Leonardo ya lo sabía; la fantasía en estado puro es estéril; para dar frutos debe ser fecundada por la realidad. Así se podrá proyectar en una creación trascendente. El Mío Cid Campeador, como persona histórica, en razón de sus cualidades de varón justo, buen vasallo y heroico guerrero, ya en vida gozaba de un aura legendaria; sin embargo entrará realmente en el ámbito mitológico cuando, ya muerto, siga ganando batallas a los moros. Entonces el Cid será cosa mental y cobrará vida perdurable en la imaginación colectiva.
Los mitos son verdaderas obsesiones de la humanidad y, por lo tanto, tienden a encender la llama poética de los artistas. Existen cientos de mitos transfigurados en obras de arte, por ejemplo: Don Juan, Romeo y Julieta, Otelo, la Celestina, el Fausto, Doña Flor... y tantos mitos universales, incluyendo uno muy relacionado con esta crónica: El buque fantasma o El holandés errante de Richard Wagner, tan singularmente emparentado con nuestro fabuloso Caleuche.
Existe una gran familiaridad entre el mito y el arte. Iremos entonces a buscar en la literatura y en los cantos marineros testimonios para fundamentar esta alegoría de los Hornos infernales y el Puerto Paraíso.
Carátula del libro Valparaíso a la Vista de Allan Browne
Nuestro novelista Francisco Coloane, precisamente en su novela Cabo de Hornos, nos entrega un relato dantesco: ...en el Cabo de Hornos, el diablo está fondeado con un par de toneladas de cadenas que él arrastra, haciendo crujir sus grilletes en el fondo del mar durante las noches tempestuosas y horrendas, cuando las aguas y las oscuras sombras parecen subir y bajar del cielo a los abismos.
Otro gran escritor de nuestros mares, Salvador Reyes, recoge una conversación de rudos balleneros en el barrio chino del puerto: De la mesa vecina donde conversaban varios hombres, llegaron frases cortadas:... Si el infierno se helara, sería así... Todo el invierno..., el Cabo de Hornos..., la Antártida...; ¡Maldito oficio!... Y agrega el autor: Eran balleneros que, a pesar de sus protestas, volverían a cruzar el mar de Drake.
Un nuevo testimonio lo encontramos en el cuento magistral de Enrique Bunster, Vía Cabo de Hornos: (para los veleros...) la ruta obligada por el infierno de los mares era la región del Cabo de Hornos, y agrega: No existe paraje más nombrado en la historia de la navegación y tampoco hubo ninguno tan temido. El Pacífico Sur, por allí arremete con sus huracanes pavorosos, sus olas como colinas y sus flotas de témpanos... Se dice que hay tantas naves a pique en el mar de Drake que, reflotadas, no cabrían en la más espaciosa bahía.
Concluye Salvador Reyes: En este mundo inhóspito sopla el viento del fin del mundo, el viento del Polo Sur, ese viento se desgarra en el Cabo de Hornos y se precipita sobre Punta Arenas.
En lo profundo de esos mares australes habitan los mil demonios de la leyenda, que trabajan en los astilleros infernales, construyendo los barcos malditos con los restos de las infortunadas naves que sus tormentas han hecho naufragar.
En cambio la ensenada de Valparaíso es el seno, el vientre cálido y protector que añoramos los hombres, es la madre y la amante a la vez; la comida caliente y el piso estable (Qué bueno es bailar en tierra firme). Llegar al Puerto es abrazar a la Rosita, a la Anita y la Carmencita. Valparaíso es, a la vez, la civilización y la orgía; la hospitalidad y el Paraíso recobrado.
La circunstancia que vivió la ilustre inglesa Mary Graham en nuestro puerto, es un paradigma de esta alegoría del mar del sur. Ella, en un viaje al Pacífico, pierde a su marido — comandante del barco — al doblar el Cabo de Hornos. Decide enterrarlo en Valparaíso y permanece en este puerto para recuperarse de su tristeza y depresión. Escribe en su diario que Valparaíso es un puerto con costumbres primitivas, pero, a la vez, anota: Todos (en esta ciudad) se han portado cariñosos: un vecino me presta un caballo, otro, tal utensilio que necesito; la nacionalidad y las costumbres aquí no hacen diferencia. He llegado aquí como menesterosa de bondad y ternura y las he recibido de todos. En otra página escribe una frase que parece surgir del Génesis. Después de tres días de lluvia, la mañana de hoy es tan hermosa como aquella en que fue creado el Paraíso.
En un tono menos refinado y dulce, se expresan los balleneros franceses y norteamericanos del siglo XIX. El profesor Juan Jiménez nos explica que el canto marinero más antiguo que menciona a Valparaíso es el tradicional: Et nous irons a Valparaisó; au Cap Horn il ne ferá pas chaud. Eugenio Pereira Salas registra los cantos de los marineros norteamericanos que relatan las aventuras con las niñas del puerto.
An’ when we gest to Vallipo.
We all drinks lots of vino...
Them senoritas, they are smart and gay
They dance an’ drink till the break o’ day...
Rosita, Anna and Carmen too
They’ ll greet ye with hallabalow
An soon ye’ ll know what they can do
Pero el verso más significativo de esta serie es, para nosotros: We’ ve crossed Cape Horn, were home again... Ese home abstracto y universal es, en concreto, nuestro Valparaíso.
Todas estas manifestaciones que expresan el anhelo de echar el ancla en un puerto cálido y acogedor le han creado a Valparaíso una identidad amable; el Puerto, de hecho, es una ciudad entrañable, es un viejo puerto querible. Este sentimiento no sólo se experimenta en Chile, sino también, y no es una exageración, en todo el globo.
Los puertos desde donde zarpaban los marinos: Hamburgo, Liverpool, Marsella, Génova, Barcelona, Yokohama... etc, han reconocido la actitud secular de nuestro puerto: sencillez, tolerancia y hospitalidad. Valparaíso es un nombre en el mundo. Quien lo escucha lo asocia con las gestas de los mares del Sur, donde acaba la tierra.
Ciertamente esta aura paradisíaca ha impulsado notablemente el desarrollo histórico de la ciudad-puerto; que nace como una modesta caleta y aldea para transformarse en puerto principal del Pacífico Sur. En sus peores momentos, cuando recibe el golpe mortal del Canal de Panamá, sigue ganando batallas, pues el mito está vivo en todo el globo.
Los porteños debemos cultivar nuestro mito, toda vez que es un mito bienhechor y, además, revela las raíces secretas de nuestra más profunda identidad.
(*) Allan Browne Escobar nace en el Valparaíso Regional en 1935. Estudia en los SS.CC. y se recibe de arquitecto en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. En 1970 se integra como Director de Arte a Ediciones Universitarias de Valparaíso. Participa en el diseño de múltiples libros, entre otros El Memorial de Valparaíso de Alfonso Calderón. En 1993 se incorpora a la Editorial de la Universidad de Valparaíso donde diseña colaborativamente Valparaíso de Pablo Neruda. Es fundador de la colección Breviarios en conjunto con el poeta Ennio Moltedo, 1993. En el 2006 es coordinador de Este es mi Patrimonio de la Editorial de la Universidad de Valparaíso, en el contexto del Programa Puerto Cultura de la Corfo. Desde la década de los 80 es profesor en la Escuela de Diseño de la Universidad de Valparaíso. Actualmente dirige un Taller de Título Profesional y trabaja en otros proyectos de Diseño Editorial de la Dirección de Extensión y Comunicaciones de la misma Universidad.