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La ciudad de los sueños

*Sara Vial

Nací en la subida del Almendro, hoy calle Urriola del Cerro Alegre. Me dejaba resbalar en una "chancha", unos tablones con ruedas que bajaban hasta calle Esmeralda, por donde pasaban los tranvías haciendo el quite a estos carretones primitivos que no figuran  en ninguna  nomenclatura patrimonial.  Pero no haber jugado de esa forma alguna vez, significaría no haber sido nunca niños  en Valparaíso. Los adoquines de la empinada calle cantaban  bajo las toscas ruedas, mientras las casas bajaban con nosotras, a la misma velocidad, hacia el rumor portuario, desde nuestras alturas. 
 
Ah, Valparaíso de callejuelas disparadas como para hacer más alegre y disparatado el sueño que se entrecruzaba con góndolas  pretéritas que nos dejaban pasar como alocadas gaviotas de madera. ¡El Valparaíso peligroso de escaleras sin término, con sus iglesias y sus palacetes en lo alto, sus barrios y sus conventillos, sus marineros oscilando por las veredas! ¡Y las banderas de paz de su ropa tendida, recién lavada, batida por los vientos allá  arriba, como si flotaran sobre los barcos que entraban a la rada!
 
Nuestra infancia, aún escondida entre las madreselvas del "Paseo Loti", por donde anduvo un Rubén Darío de veinte años rescatando estampas para su primer libro, AZUL, trabajando en los muelles entre los jornaleros, nombrado inspector de fardos, y viéndolos pasar bajo su frente, inspirando su cuento del mismo nombre, el día en que uno de esos pesados cajones cae sobre un joven peón, que aparece muerto en el cuento célebre: "El Fardo".
 
Digo Valparaíso, y veo una niña de nueve años subiendo la escalera más larga del planeta, para llegar al colegio en la  cumbre, con el paraguas volteado por el viento y la lluvia, el bolsón apretado contra el pecho y la otra mano sujetando el sombrero azul que quiere volarse al mar. ¡Hasta llegar arriba, por fin y las monjas de la Misericordia aleteando sus cofias blancas, encendiendo las velas de la capilla, reprendiendo nuestra inoperancia en el bordado del bastidor! Primer colegio, allí aprendimos, al margen de las enseñanzas, la  huracanada porfía que no se enseña, porque sólo se aprende en las duras escaleras de Valparaíso, buen silabario para la perseverancia que luego nos exigirá la vida.

Irnos de Valparaíso, siempre significó regresar. Era como si una ventana de guillotina, con barrotes, una casona del 1800, varada en la calle de la adolescencia, envuelta en su túnica de zinc, nos siguiera llamando más allá del canto nocturno del vendedor de mote. Más allá de las cortinas encendidas, donde el piano de la madre seguía convirtiendo en  música los recuerdos, en risas y voces de tertulias que duraban hasta el amanecer. En la palabra nostalgia se reconocen esas voces, como si aun giraran en una lenta victrola: el pintor de origen genovés, Camilo Mori, que nunca creyó haber pintado suficientemente Valparaíso; el dibujante Lukas, "la sonrisa de Valparaíso", como mereció llamarse por el humor y conocimiento de esta ciudad, anfiteatro de locos cerros y psicología diferente que él entendió como pocos y reflejó día a día, en varios diarios a la vez, hasta su prematura muerte; Pablo Neruda, que a los I5 años enviaba desde Temuco, a escondidas del padre, sus primeros versos. Se firmaba Neftalí Reyes.
 
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Sara Vial junto a la jarra y vasos del Club de la Bota fundado por Pablo Neruda

El puerto, como le decimos los porteños, tenía entonces, 1920, la revista literaria más importante de Chile. Se llamaba SIEMBRA. Escribían grandes escritores españoles, Gabriela Mistral, y Neruda aun no se llamaba Pablo Neruda. Era, no lo olvidemos, la época de la bohemia porteña que yo llamaría verdadera. Cuando las tripulaciones que arribaban lo hacían desde todos los puertos del mundo y nadie pensaba en embarcarlas para Viña del Mar. No se conocía la palabra pub. Las mesas de los bares marineros tenían nombres de mujer grabados a cuchillo. Ecos de la victrola..."El Bar Roland", en calle Bustamante. El "Scandinavian", al pie de la subida Carampagne. El "Jacko".  "El Manila".  El "Peter-Peter", donde el escritor Augusto D`Halmar, era el grumete de a bordo. Fue el primer escritor en ganar el Premio Nacional de Literatura en 1942. Vivía en una callecita transversal a la subida Cumming. Ninguna plaquita lo recuerda. De la victrola del tiempo salen otros ecos. Voces juveniles que cantaban romanzas de ópera, y desde Playa Ancha o el Cerro Toro llegarían becados a Europa, cantarían en el Scala de Milan, apadrinados por Tito Schipa. Ahora escuchamos la canción francesa medieval "Nous irons a Valpriso", como la pronuncian ellos.
 
Es Joris Ivens, el cineasta holandés, filmando "A Valparaíso" en el prostíbulo "Los 7 Espejos" de calle Clave. Los espejos decoran hoy día distintos lugares. Es obvio que estos establecimientos, entonces en su apogeo, se constituían en espacios ideales para las filmaciones cinematográficas extranjeras, especialmente el famoso "Bar Roland" o el prostíbulo de "El Violeto". Pero todo eso pertenece a una época pasada y hoy Valparaíso ha perdido ese sabor de puerto, que sin embargo pervive en las novelas de escritores como Salvador Reyes, Manuel Rojas y otros que inmortalizaron toda una época de la ciudad.
 
Mi vida quedó, en mi obra en verso, en prosa y en mis crónicas periodísticas, amarrada como una tensa jarcia a la nostalgia de Valparaíso. Su sólo nombre es para mí un eco de organillo, el sonido de una vieja caja de música al pasar frente a una tienda de antigüedades.  Y por cierto, una prolongada fila de esos personajes que llegan a los puertos y acerca de los cuales se podría escribir tanto como se recuerda.
 
Y se recuerda tanto, desde que al casarnos en lo alto de un cerro, en la preciosa Iglesia de San Luis Gonzaga, la única que conserva sus dos altas torres en Valparaíso, nuestro trabajo siguió girando en torno a su nombre, su historia, sus personajes excéntricos como aquel Oscar Kirby dibujado por Lukas y a quien el propio Neruda dedicó una crónica en la desaparecida revista Ercilla.
 
Cómo olvidar la frustración de los niños del Cerro Alegre cuando se anunció que la Reina Isabel, de visita en Valparaíso, muy bella y joven entonces, iba a subir al templo anglicano del mencionado cerro a escuchar misa, como lo hacían todos los ingleses célebres que visitaban la ciudad. Me veo trepada a una banca del Paseo de los 14 asientos - antes Plazuela Alemana - mientras el Príncipe Felipe traspone el jardincillo. Aun había veteranos ingleses de la Segunda Guerra; allí estaban, rindiendo honores a su príncipe, con todas sus medallitas bajo el sol. Algunos lloraban.
       
La Reina no subió al cerro. Pero lamentablemente, nunca faltan motivos para equivocarse. El alcalde, con la mejor intención, ordenó asfaltar previamente la ondulante subida Urriola, dueña de los más bellos y suavizados adoquines que la mano del tiempo acariciara. Ahora, el recuerdo no tiene sentido. No hubo ni Reina... ni adoquines. La subida quedó fea como nunca, pero nadie se acuerda de lo hermosa que fue.
       
Pero hay cosas más feas. La pavimentación de la Caleta El Membrillo, por ejemplo. Es que eso es lo que nos falta, el amor a lo nuestro y el conocimiento de la identidad que debe respetarse a todo trance, pasando incluso por encima de conceptos que en el momento se justifican como progresistas. Si hubiera más cariño por esta ciudad, que fuera el puerto de arribo de todos los veleros que en otro tiempo cruzaban el Cabo de Hornos ¿se habría cometido el desacierto de extraer toda la arena de una ensenada preciosa, para colocar un muro antiestético, que no sabemos hasta cuando seguirá "prestando utilidad"? El mar es imprevisible...
       
La primera caleta de pescadores de este puerto, creada por un pequeño grupo de pescadores que llegaron hace más de cien años y que no sé cómo lograron entenderse con el mar. Pero nació la caleta, al sur de Valparaíso, en la avenida costera que terminaba con la preciosa Piedra Feliz, altísima y oscura y misteriosa. Fue dinamitada por incitar a los porteños a lanzarse al mar desde su cima. O sea, a suicidarse. Entonces, decapitaron a la Piedra Feliz y los suicidas siguieron, de vez en cuando, lanzándose a los arrecifes desde el pedazo que quedó. 
 
¿Por qué amo tanto a Valparaíso, como es, mutilado, disminuido, cercenado? 
 
Aparte de ser la ciudad que guarda la vida que he vivido, donde está enterrado mi padre y están enterrados mis muertos queridos, mi abuela irlandesa, mi abuela chilena, pienso que es porque casi todo lo que he escrito me lo ha inspirado o ha sucedido en ella. Cuando escribí las casi 5OO paginas sobre mi último libro en prosa - quinta edición - "Neruda vuelve a Valparaíso", era que más bien, Valparaíso volvía a mí. Pues... hay una verdad que decir: a nadie le había preocupado que entre Neruda y Valparaíso hubiese existido una fusión tan profunda como existió. Tanta historia o pequeña historia íntima que contar y tanto  amarre entre ellos, en comparación a otras ciudades que figuraban en todas sus biografías. En relación a Neruda, de Valparaíso se sabía poco. Se ignoraban cosas que hoy todo el mundo sabe. Era como si la ciudad hubiese sido su puerto de paso. Todo lo contrario.
 
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Sara Vial junto a Pablo Neruda

Dentro de mi trabajo periodístico, me puse a investigar cuanto tuviera relación entre ambos. Escribí muchas crónicas y aunque nuestra amistad fue fundamentalmente literaria, fue el periodismo el que me ayudó más que ninguna otra cosa. Un día empecé a recordar. El gustaba mucho de visitar las casas de sus amigos. ¿Cuándo visitó por primera vez la mía?  Así me fui. Cuando me casé, ya era mi testigo de matrimonio y la amistad se hizo más y más familiar. Hoy miro su casa porteña soñada, La Sebastiana, que descubrí para él en su obra gruesa y pienso que es el mascarón más alto que quiso dejarle de recuerdo a Valparaíso. Allí, en el Cerro Florida, inaugurada un 18 de septiembre del año 61.
 
En Valparaíso aun quedan muchos de sus amigos queridos. Hay cosas pintorescas. El Siglo publicó la larga lista de casas en donde estuvo oculto el año 48 por motivos políticos. La única que no aparece es... la de Valparaíso, en el cerro Lecheros, muy cerca del ascensor Lecheros. Y allí escribió nada menos que los Versos del Fugitivo, dedicados a Valparaíso y unos de los más bellos de ese libro. En otro libro dedicó a Valparaíso poemas sobre personajes de la ciudad y luego, lo que en sus Memorias aparece como las prosas tituladas "El vagabundo de Valparaíso," se convirtió más tarde en un libro de lujo, preciosamente editado según las instrucciones dejadas por él.
 
Por cierto, lo más importante para justificar ese testimonio mío fue el conocimiento y aprecio al ser humano increíble que él fue y la forma en que se anticipó a la necesidad de ver un día a Valparaíso reconocido, preservado en sus valores originales y defendido en su fuerte identidad.
 
Pienso, a pesar de todo, que es una ciudad que tiene una fuerza que puede ayudarla a recuperar parte de lo perdido. Eso, en un mundo difícil como el que vivimos, nos permite al menos... soñar.


(*)  Sara Vial es poeta y periodista, oriunda del Cerro Alegre. Su primer poemario La ciudad indecible de 1958 fue prologado por Pablo Neruda, de quien sería amiga hasta su muerte. A esa primera publicación lírica le siguen Un modo de cantar, 1962; Al oído del viento, 1976; y Mi patria tiene forma de esperanza, 1980, entre otras. En el terreno de la crónica El violín de la memoria de 2001 reúne sus escritos de la década del 90 para el diario La Estrella de Valparaíso. Además ha dejado testimonio de la vida de dos grandes artistas nacionales y amigos suyos: María Luisa Bombal en La abeja de fuego (1986) y Pablo Neruda en Neruda en Valparaíso (1983), con la reedición extendida Neruda vuelve a Valparaíso (2004). Su trabajo le ha valido los premios Gabriela Mistral 1976, Pedro de Oña 1981, Regional de Literatura 1980 y Regional de Periodismo 1984.  

267    Una joven Sara Vial en la escalera Fischer
























































































































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saraFAMILIApensar    Sara Vial junto a su madre, Sara de los Heros, y sus hermanas Ana Luz y Eliana







 

 

 

 


 


 


 


 


 


 




























































































Sara Vial

 
 
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