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Los sonidos de Valparaíso

Este texto es parte del libro Ayer soñé con Valparaíso, de Manuel Peña Muñoz - RIL Ediciones - Quinta Edición. Santiago, 2006

Cada uno de nosotros tiene un Valparaíso personal. Por eso, los que vivimos lejos, no necesitamos pasearnos por las calles de la ciudad para sentirla dentro de nosotros mismos. A mí, que soy un porteño trasplantado a Santiago, me basta cerrar los ojos para escuchar nítidas las campanadas del reloj Turri o las de la iglesia de San Francisco que tienen una alianza de oro para el tañido perfecto. Para muchos porteños que han vivido en el cerro Placeres o en el cerro Barón, el sonido mágico de esas campanas es el sonido de la niñez. Por eso pienso que Valparaíso existe también en sus sonidos: en el silbido del viento norte que sopla ciertas tardes de lluvia, en el bufido de la boya del toro en noches de temporal, en el tintineo milagroso de las cucharillas del Café Riquet y en el timbre eléctrico del tranvía que sigue recorriendo mis sueños.

Valparaíso sigue siendo una ciudad silenciosa, como en sordina. A veces, rasga el aire una canción. Es el organillero que pasa con un vals agitando los remolinos de papel al ritmo de la tarde. Otras veces es la banda de un circo que ancló su carpa en una ladera de un cerro. O son las palomas que levantaron vuelo de la iglesia de San Juan Bosco ante un súbito estampido. Muchas noches, antes de dormirme en una casa perfumada por el mar, escucho en mi imaginación, el sonido de la sirena de la maestranza de los ferrocarriles que anuncia la salida de los obreros. Otras veces me despierta el llanto de los buques a medianoche porque un marinero quedó rezagado en tierra. La otra tarde, rodó un granito de arena invisible tras el papel mural de la habitación. Ese también fue un sonido que sólo se escucha en ciertas casas viejas de Valparaíso…

En el oleaje del mar, en la sirena de incendio, en un trolley que pasa lentamente sigue existiendo Valparaíso. Y también en las carretas que pasan por sus calles de adoquines, en los cascos de los caballos del Mercado Cardonal o en la flauta del afilador de cuchillos que suena a lo lejos y que nos trae una inefable nostalgia.

Ya vuelve otra vez el silencio interrumpido por las ráfagas de viento sur y por el inconfundible ruido de los gatos correteando por los tejados de zinc... El poeta Rubén Darío, que estuvo en la ciudad en 1887, cuenta que a lo largo de su vida, cada vez que escuchaba ladrar a los perros, en cualquier lugar del mundo, su mente viajaba a los cerros del puerto, porque esos ladridos estaban asociados a las noches misteriosas de Valparaíso.

Hoy, cuando entro a un ascensor y escucho girar el viejo torno, yo me digo: "Este es el sonido de Valparaíso". Cuando el carro sube penosamente entre los rieles, estremeciéndose entre los dedalitos de oro y las espuelas de galán, yo me digo otra vez: "En este sonido, yo reconozco a mi ciudad mágica". Y cuando entro al pasaje Pierre Loti y escucho siempre un piano, yo me digo a mi mismo: la música de piano le viene a Valparaíso... porque siempre escuchamos los acordes de un niño que ensaya el método al otro lado de la ventana donde ondea un visillo.

Sonidos
Pasaje Pierre Lotti, vecino al Conservatorio de Música

Amo el sonido del cuerno del heladero que baja en verano por Playa Ancha, vendiendo helados de canela. Amo el pregón del vendedor de motemei calientito que baja todavía por la calle de mi infancia con su canasto haciendo bailar su farol encendido en medio de la niebla. Y también amo el silencio de ciertos pasajes tristes del cerro Alegre, donde pareciera que entráramos a otra dimensión…

En muchos laberintos de Valparaíso hay que caminar en puntillas para no despertar a los queridos fantasmas. Pareciera que están allí, agazapados en cualquier esquina o detrás de un farol, dispuestos a asediarnos con sus recuerdos. Hay que enfrentarlos entonces y conversar a solas con ellos, suavemente, en la penumbra de una mampara fresca o en un balcón asomado a la guirnalda de luces. Puede que tengan mucho que decirnos... Y que muchos deberían poner oído a las voces del pasado porque quizás allí existan claves para entender mejor nuestro presente.

La belleza de Valparaíso no está en sus monumentos o estatuas sino en sus pequeños detalles. Ya lo dijo el escritor Antoine de Saint Exupery en "El Principito": "Lo esencial es invisible a los ojos". Y como toda ciudad distinta, hay que saber escucharla apegando el oído a su caracola...



(*) Manuel Peña Muñoz -Valparaíso, 1951- es escritor, profesor de Castellano titulado en la Universidad Católica de Valparaíso, Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, especialista en Literatura Infantil y Juvenil y autor de numerosos libros ambientados en Valparaíso. Su novela Mágico Sur obtuvo en España el Premio de Novela Gran Angular de Ediciones SM, con seis ediciones. Por su obra ambientada en Valparaíso es Premio Municipal de Literatura. Ha sido becado por importantes instituciones internacionales y actualmente está radicado en Santiago. Trabaja en la Universidad de las Américas como profesor de literatura y es Director Ejecutivo del Instituto Chileno de Cultura Hispánica. Algunas de sus publicaciones: Ayer Soñé con Valparaíso, Valparaíso, la Ciudad de mis Fantasmas, la novela El Niño del Pasaje, la colección de cuentos Dorada Locura; libros de crónicas La España que Viví, Los Cafés Literarios en Chile, Memorial de la Tierra Larga y libros para niños, como María Carlota y Millaqueo, El Collar de Perlas Negras, Los Niños de la Cruz del Sur, La Mujer de los Labios Rojos.

Sonidos
Iglesia San Francisco

Sonidos
Organillero (fotografía de cuecachilena.cl)























































Manuel
 
 
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