Ha vivido casi toda su vida en la Población Márquez. Pasó una infancia feliz junto a los niños de las 295 casas, pero también sufrió el prejuicio de habitar cerca del barrio rojo de entonces. Fue Presidenta de la Junta de Vecinos por doce años y cuida esta población, que fue edificada para sortear cualquier desastre natural. De aquí nadie la saca.
Cuando mi padre, Artemón González, postuló a la Caja de la Habitación, trabajaba en Guevara y Compañía, una empresa de implementos eléctricos. Solicitó la casa al gobierno, avalado por un senador del Partido Radical (1). Mi padre era mutualista, fue presidente de la Sociedad de Artesanos de Valparaíso, de la Blanco Encalada y también de la Federación Provincial; tenía muchos contactos.
En ese tiempo a las viviendas de la población se les llamaba casas, no departamentos; cada una tenía una planchita (2) que decía: Casa 1, Casa 2. Las entregaron en forma muy rústica, las entradas no tenían farol para alumbrar, tampoco número en las puertas, todos esos detalles se fueron arreglando después con la Junta de Vecinos. Las casas eran iguales: con un living comedor chico y tres dormitorios, uno largo y dos pequeños. Todas blancas, de paredes lisas muy bien construidas, un baño con una tina inmensa de cuatro patas, en la cocina un lavaplatos con desengrasador y teníamos gas de cañería.
Para vivir acá se exigía mínimo tres hijos; había familias de hasta diez. Teníamos de toda clase de profesionales: carabineros, marinos, detectives, trabajadores de imprentas, profesores, gente de clase media - baja. Las casas se arrendaban y cuando se cumplía el pago de 800 pesos ya era suya.
Nosotros nos vinimos en el año 52, yo tenía como ocho años. Nos adjudicamos la Casa 1 del Block E. Había que subir los cinco pisos del F para llegar al primer piso del E. Todos los primeros pisos tienen patio trasero. Mi casa era con patio.
María González en la Población Márquez
El cambio de barrio fue muy brusco. Mi mamá lloró durante un año. Antes arrendábamos una casa grande en la subida Tomás Ramos. De allá nos trajimos tantos muebles que no nos cupieron, hubo que botarlos. Para mi mamá vivir en una población era terrible; vivir con alguien al lado, arriba, llena de gente y una casa tan chica. Después se acostumbró y adoraba su casa, le tomó el valor; porque esta población es como una fortaleza por sus paredes, por su estructura, por su construcción. Aquí llovía, temblaba, soplaba el viento y no pasaba nada, no se rompía un vidrio. El señor que construyó esto respetó el cerro, respetó la topografía y lo hizo con buenos materiales, mucho fierro; fue construido a conciencia. Pero le faltó un block, los maestros le robaron todo el material con el que se iba a hacer el D, por eso hay A, B, C, E y F.
El negocio de abarrotes ha estado siempre, los papás de la señora que lo atiende ahora eran los dueños. El otro local antes era una carnicería. Los negocios atrás tienen dos piezas y baño. La población fue pensada así.
Los niños compartíamos entre todos. Éramos muchos. La cancha de basquetbol era preciosa, había un club deportivo que se llamaba Depomar, famoso; también juegos infantiles, y después se hizo la Sede Social. En ese tiempo se hacían reinados, postulaban niñas de 16 a 20 años y se sacaba la reina del Depomar, con proscenio y todo, como correspondía. Se hacían bailes en la cancha, en la mitad del baile apagaban la música y decían:- ¡Reservado con pasteles!, entonces el niño le compraba un pastel a la niña con que estaba bailando. Eso era para juntar plata para la Junta de Vecinos, que se formó inmediatamente porque todos los caballeros eran activos, con buena formación, y comenzaron a mejorar el entorno.
Para Año Nuevo era obligación iluminar el balcón de la casa con luces de colores, amarillas, rojas, verdes. Se ponían unas guirnaldas de 30 o 40 luces. La población era como un buque iluminado, precioso. Y en la noche todos dejaban la puerta abierta para los abrazos; con mis amigas de al lado íbamos hasta al block A a dar abrazos.
Acá los niños jugaban y corrían por todos los pasillos, se juntaban en la esquina a escuchar música, pololeaban, se casaban, tenían hijos, empezó a formarse toda una familia. Mi mamá no quería que me casara con nadie de la Población Márquez, y un día fui a una fiesta a otro lado y conocí a mi marido ¡que era de aquí mismo!
Era buena la vida de barrio, las señoras se ayudaban mucho. Abajo teníamos muy buenas panaderías, acá había mucho comercio, el mercado era mercado. Era maravilloso. Las niñas bajábamos al colegio todas juntas, pero como calle Márquez hacia abajo era todo prostíbulo, nos hacían transitar por Francisco Echaurren. Yo de repente pasaba por Márquez de curiosa. Había una corrida de casas bajas, un salón amarillo, otro azul, verde y rojo. Las niñas en la noche estaban sentadas en un
banquito (3) protegidas con fierros, según el salón el color de la ropa de la niña y de la ampolleta. Era muy cosmopolita. Yo considero que la gente de Valparaíso es un poco distinta a la de otras partes, por el extranjero que llega y trae sus costumbres.
Población Márquez. Fotografía: Iván Ivelic
En el colegio uno casi nunca decía dónde vivía; te decían:- ¡Ahí, pero si ese es el barrio de las putas!, y si uno conocía a un chiquillo (4) le decía que vivía en La Aduana, sector que no era mal mirado. Hasta ahora queda la mala fama de Márquez. ¡Era terrible cuando venían los gringos! No se podía salir porque creían que usted era niña (5) y la pescaban no más. Eran como cinco mil hombres que llegaban en un barco y se subían a los burros, daban vuelta los carros con frutas y verduras, hacían lo que querían; se montaban a caballo en las ventanas de las casas de abajo y les ponían banderas norteamericanas.
Cuando me casé no quise vivir más aquí y nos fuimos a una casa en la calle Urriola del Cerro Concepción, muy bonita pero llena de ratones. Así que nos devolvimos. A mis hijos los dejé jugar con toda la población, con los lanzas (6), con las niñas que no estudiaban, lo único que me preocupaba era que no hablaran con mucho garabato porque se pierde el vocabulario.
Pasados unos veinte años, en los setenta, se terminó la generación de los viejos, sus hijos se casaron y fueron o se quedaron y empezaron los cambios. El color de las fachadas ya estaba deteriorado y feo, entonces cada uno sacó un tarro de pintura y pintó con colores. La mayoría botó una pared para ampliar el living comedor. Con la plata de la jubilación la gente hermoseaba sus casas. Unos cambiaron la puerta, otros sacaron la tina porque era muy grande y llegó la lavadora, pero no había dónde ponerla. Estas casas no eran ni para la lavadora ni para el refrigerador. La mantequilla se dejaba en agua, se compraba la carne todos los días, nada se tenía almacenado. Había unos maravillosos lavaderos de cemento entre el baño y la cocina, eran bateas de cemento, muy bien hechas, con su llave de agua.
Con el recambio de generación, los que llegaron no tenían el mismo cariño por la población y la Junta de Vecinos se disolvió. Se acabó el club deportivo, se descuidó la cancha y se robaron la Sede Social.
Yo tuve una infancia bonita, tranquila, no tuve problema, pero a quien le contaba que vivía en la Población Márquez me miraba feo, y hasta ahora. Me preguntan cómo lo hago para que no me asalten y yo les digo:- No, es que yo tengo una tarjeta. Mis hijos quieren que me vaya, pero hay un orgullo de vivir acá.