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Luis Labbé

DONLuis

































































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Botes en Caleta Portales









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Armando las redes de pesca









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Encarnadora
















 

   

 

 


 

 

 

Lleva 55 años pescando en la Caleta Portales, pero a joven que ve le dice que no siga su oficio. No se arrepiente de su vida en el mar, ha visto ballenas y delfines, sobrevivió tormentas y ataques de peces, y goza de la buena vida cuando la pesca lo permite. Aún así, le hubiera gustado ser más precavido y tener ahorros, porque en las caletas no hay jubilación.
 
Yo nací en Valparaíso. Soy del Cerro Esperanza aunque ya no viva ahí. Tengo 67 años, empecé a pescar como a los doce. Siempre me gustó el mar, desde chico. En ese tiempo me llevaban a buscar atunes para afuera, como 25 o 30 millas mar adentro. Me sentía contento cuando iba, no me daba miedo. Llega un momento en que ya no se ve la costa, se ven puros animales no más, ballenas, delfines, de todo. Antes se veían más que ahora, porque los barcos pesqueros les quitaron la comida, además que a las ballenas las pescaron. Igual casi todos los años veo una a lo lejos.
 
En los años cincuenta trabajar era más atrasado que ahora; no había botas de agua así que teníamos que andar a pié pelado. En la noche pasábamos buenos fríos. Era medio sufrido, no había tantas comodidades como ahora, se trabajaba a remo, eran pocos los botes que tenían motor. Ahora no pues, hay hasta botes de fibra, rápidos, con motores grandes. Se ha ido todo remodelando. Antes la caleta era puros cuartos de latas y maderas no más, estaban todos en la playa, con varas para tender las redes, así como ahora se ven los espineles.
 
Mi abuelito era pescador, venía a la Caleta de Jaime cuando esta no existía todavía. Yo me crié con unos tíos de parte de mamá, con ellos empecé a trabajar. Tenía como siete años cuando se murió mi mamá; a mí papá no lo conocí, yo tenía meses no más cuando falleció.
 
 
MUELLEportales     
Muelle de la Caleta Portales

Todavía quedan algunos compañeros que también eran niños cuando empecé a pescar. Yo me fui quedando, porque no sé ninguna otra profesión. ¡Para dónde me iba a ir! Obligado a quedarme. Antes trabajábamos la albacora y esa dejaba harta plata, pero los barcos se lo han llevado todo. Pasábamos temporales afuera, en alta mar. Con un viento de 70 u 80 kilómetros por hora, tal vez más. Hemos estado más de una semana afuera, porque es más peligroso navegar para tierra que estar allá. En ese tiempo andábamos pescando con red, y la red cuando se echa al agua siempre mantiene derecha a la embarcación. Si en cambio usted se viene para su casa, por decir a puerto, viene golpeándose con el mar y le cae la ola adentro. Entonces es más seguro quedarse ahí y esperar que pase el mal tiempo. Después se puede quedar unos días más para hacer pesca y se viene. Yo he pasado hasta 15 días en el mar. Se lleva harto petróleo, harta agua y víveres. El día se hace corto trabajando. En la noche es un poco aburrido, uno se puede quedar pensando:- Hasta cuándo voy a estar acá. A veces se juega a la brisca un rato para matar el tiempo.
 
Ahora no hago eso, pero si me llegaran a convidar iría igual no más, si uno ya sabe el trabajo. Toda la vida he estado acá yo. Pero ninguno de mis cinco hijos se dedica a la pesca, no quise. Les dije que aprendieran cualquier otra profesión. La pesca no es como antes, va para abajo en vez de ir para arriba, no hay mucho pescado y de repente se pasa necesidad. Se sufre. Aunque si está buena la pesca usted lo pasa bien, come lo que quiera, va donde quiere. Yo conocí casi todos los bares del barrio puerto, para allá partíamos cuando nos juntábamos los puros hombres. En esos años estaba la Yapa, el Oasis, el Rock & Roll, eran buenos para ir a divertirse, buena música y mujeres encachadas. Por acá por El Almendral estaba el Victoria, total que eran hartos. Casi siempre íbamos puros hombres. Cuando salías con la señora ibas a otra parte a comer.
 
La mejor época era cuando trabajábamos la albacora y los atunes porque se ganaba más plata. Antes había mucha sierra grande y corvina, eran los mansos pescados. Ahora está saliendo pura pescá y chica. Antes se la dábamos a los pájaros, hoy día la vendemos. Aquí estamos sufriendo nosotros y sufre el pueblo también porque a raíz de eso tenemos que cobrar más caro. Estamos todos jodidos por los barcos con arrastre.
 
Mi mejor recuerdo es de un tiempo en que había hartas sierras; donde fuera había. Tiraba sardinas al agua y se veían las sierras, se llenaba el bote. Era llegar y vender. Venían camiones y se les decía:- Ya, a tanto la docena. Ahí es cuando lo pasábamos mejor, era de todos los días. Llegaban los botes cargados, a veces vendíamos a sólo dos mil pesos la docena. Mis tíos me decían que juntara plata para comprarme una casa. ¡Nunca junté! Cuando uno es joven les hace más caso a los amigos que a los padres. Entonces no estaba ni ahí, como veía que se ganaba buena plata todos los días. Esto no se va a acabar nunca, decía yo. Primero voy a disfrutar de la juventud y más adelante junto plata. Y resulta que después se empezó a perder el pescado. Ahora a pescador joven que hay le digo:- Sale de aquí, trata de buscarte otro trabajo donde te jubilen; acá no pasa nada, no hay previsión. Por lo menos que se aseguren la vejez. Yo nunca impuse, ahora me jubiló el gobierno por la Pensión de Gracia.
 
Hoy día estamos trabajando los tiburones, están como a 50 millas. El comerciante lo vende como albacorilla. Todos los pescados son peligrosos, es cosa de acostumbrarse, hay que saber cómo pescarlos. Pegan mordiscones. Pero uno de partida no tiene miedo y sabe lo que tiene que hacer. Como en tres ocasiones pasé susto con la albacora, si le pegas en partes delicadas se pone brava. Yo tenía como 23 años, iba con un amigo en un bote chico, cuando el pescado nos empezó a atacar. Iba y volvía para enterrarnos la espada, saltaba y se vino contra el bote justo donde estaba mi amigo, casi lo tiró al agua. No hallábamos qué hacer. Hasta que la matamos. No la podíamos dejar ir porque la plata no se bota.
 
Mirando para atrás no estoy arrepentido de ser pescador, pero que mis hijos no lo sean. Lo que más me gusta es la libertad; aquí no le rindo cuentas a nadie y voy a trabajar cuando quiero. De lo que sí me arrepiento es de no haber seguido en la Armada; estuve de cosaco en el Cerro Artillería cuando tenía 18 años. Duré 30 días, me aburrí. Estaba con otro compañero hijo de pescador; cuando estudiábamos en las tardes veíamos llegar los botes llenos de atunes y nos daban ganas de ir a pillarlos. Así que nos fuimos para la casa. De quedarme estaría jubilado, habría aprendido mecánica, que a mí me gusta. Pero la libertad, la junta con los amigos y las mujeres fue más.
 




 
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