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la ciudad Cerro Alegre


 
Allan Lara
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Café Vinilo restaurant







































































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Tocadiscos con vinilo
 

Su historia refleja los cambios del Cerro Alegre en las últimas dos décadas. Como estudiante de arquitectura arrendó casas con gringos, luego puso un café donde no había ninguno –el Vinilo-  y restauró la Casa Proa en Alvaro Besa, típica postal porteña que quedó convertida en galería de arte.
  
Yo nací y estudié acá en Valparaíso. Cuando era pequeño ya jugaba con amigos en el Cerro Alegre, estoy hablando de los años 77 al 80 más o menos. Hoy tengo 37 años. De universitario me vine a vivir, precisamente, al frente de la casa que ahora es el café Vinilo, en la casa 447 de Almirante Montt. La señora que vive en el segundo piso me arrendaba el primero. El café era una carnicería que estaba muriendo. Nunca se me pasó por la mente en ese tiempo poner un local ahí.
 
Este cerro no era turístico cuando me vine, para nada. Lo que sí, muchos compartían casa con los primeros extranjeros de intercambio. De hecho yo vivía con una alemana. Gente joven siempre ha habido, pero íbamos a otros lugares, al barrio puerto; me acuerdo que el bar La Playa recién comenzaba a ser conocido. El tema dentro de la Escuela de Arquitectura era la profanación de bares, ir a lugares que eran de viejitos con la idea de profanar, como de abrir las tumbas, y mezclarse.
 
Después empezó a llegar más gente al cerro, gente que aparecía, no sabías cómo, jóvenes relacionados con el arte, algunos ya vivían acá hace años, pero comienzan a emerger y hay un hito puntual que marca una etapa, que es cuando se inicia Un cerro de arte, actividad organizada por dos chicas. Se trataba de un paseo por distintos lugares del cerro y nos pedían a los que vivíamos ahí -nos conocían de saludo en el negocio de la esquina-, que abriéramos nuestros talleres. María Paz Bravo, mi esposa, es diseñadora textil y hacía batik, otra amiga hacía telar. Entonces se hizo un circuito. Hasta ahora no se ha replicado algo así, imposible, fue muy potente. Se hacía una vez al mes y duró como un año y tanto.

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La calle del Vinilo, Almirante Montt

La gente venía y se paseaba. De hecho no había restoranes, o sea estaba el Brighton y el Turri pero tenían que ver más con gente de bancos o de negocios; no eran tan turísticos. En estos paseos abrías tu casa y entraba la gente, pasaban por el living a los talleres y se vendía arte barato. Entonces comenzó un movimiento y aparecieron más jóvenes que hacían cosas.
 
Al principio los visitantes eran locales pero después llegaron los santiaguinos; un público medio under, mucha gente joven, hasta unos cuarenta años. Los extranjeros también empezaron a venir de a poco, por ejemplo, se llevaron como tres batiks de la María Paz a California.
 
Valparaíso para los santiaguinos siempre ha sido un mito, más encima este circuito era como oculto: entrabas al taller de la casa de alguien. Yo estaba acostumbrado porque vivía en ese ámbito, pero para la gente externa entrar a la casa de un tipo era como decir:- Mira cómo come pan con mantequilla y toma tanto café y está lleno de cigarros el cenicero: son artistas, son bohemios. Esas cosas encantaron, y se empiezan a hacer otras actividades como tocar música en la calle.
 
Al final este movimiento termina, pero algunos seguían abriendo sus talleres. Justo pasa que yo ya estaba saliendo de la universidad y la María Paz me dice que hay un local que quiere arrendar como tienda de ropa. Cuando lo visitamos vimos una barra de mármol –hoy, la barra del café- que era de la carnicería y todas las paredes y el piso de cerámica pintados encima. Esto llevaba como un año cerrado, además estaba semi destruido.
 
La idea del Vinilo nace en la casa de una amiga, antes que lo de la tienda; queríamos poner una radio que se llamara Radio Vinilo. En ese tiempo nos juntábamos en las casas en vez de ir a bares, y escuchábamos la colección de discos de vinilo que una amiga había heredado de su abuela. De ahí surgió la idea de hacer una radio que tocara sólo vinilos y con despachos como, por ejemplo, la fruta está más barata en el local de acá que en el de abajo o llegó pan caliente, ese tipo de cosas. Era un juego de barrio. Al final no se hizo.
 
Cuando pusimos la tienda de ropa también tocamos vinilos y se nos ocurrió darle café a los clientes, después un café con una galleta; pero hay gente que prefiere un jugo, entonces también ofrecimos jugos y se fue formando el café. Ahí quedó como Café Vinilo, esto fue por el año 2000.
 
Éramos los que estaban más arriba en ese momento de todos los cafés de Valparaíso. El Color Café nació un poquito antes, el restaurante Le Filou de Montpellier era recién una picada. Antes de eso allí hubo una señora que hacía comida para trabajadores. De hecho El Desayunador –que todavía no existía- era una imprenta y antes, en los ochenta, se vendían empanadas y cerveza. El cerro tenía en su origen la infraestructura para ofrecer esos servicios; la panadería ya estaba. Siempre hubo locales comerciales, pero el Vinilo se planta como el café en la cota más alta de Valparaíso y eso para algunos era igual a “no va a llegar nadie”.

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Acceso al Café Vinilo

A los seis meses de abrir vino la revista Caras; son los primeros indicios de que algunas revistas de Santiago ponen el ojo en que algo está pasando en Valparaíso. Esa vez tuvimos suerte porque de repente se llenó la barra, no sé de adónde. Entonces el Vinilo quedó como la gran revelación del Cerro Alegre. A las dos semanas llegó la revista Paula e hizo un tema sobre la ropa de la María Paz.
 
En esa misma época se empieza a postular a la ciudad como Patrimonio Mundial y el Vinilo aparece en las guías de los extranjeros como uno de los lugares más recomendados porque te encuentras
con gente local y foránea. Por ejemplo, hay un viejito italiano que viene todas las mañanas a hacer el puzzle y un amigo que es traductor después se lo corrige. También se juntan acá amigos míos del barrio; conversan, entran y salen, los llaman por el teléfono del café, y eso para un extranjero es curioso. Es como el bar de Los Simpsons.
 
Paralelamente yo hacía arquitectura con una amiga que conocí acá, la Claudia Matthei. Comenzamos a hacer restauración de inmuebles y estudios de estado de conservación. Para mí fue un tema poder hacer lo que me gusta, tomar los encargos que quiero, porque no necesitaba vivir de eso ni tampoco que el Vinilo vendiera y vendiera. Las dos cosas combinadas me hacen vivir tranquilo; me siento muy afortunado.
 
Con la Claudia terminamos una labor, que a mí me tiene bastante contento haber hecho, la Casa Crucero. Fueron dos años de restauración. Estaba en mal estado estructural, ladeada y hacia adelante. Llevamos a los maestros a charlas para que entendieran cómo era el trabajo que queríamos lograr, iban todos peinaditos para atrás. Fue un proceso muy bonito. Yo pensé que iba a morir atropellado como Gaudí, pero por un colectivo no por un tranvía, porque pasaba todo el tiempo en mitad de la calle mirando la obra. Ahora ahí hay una galería con todas las condiciones necesarias para traer un Matta. 
 
Para mí Valparaíso es como mis zapatillas, la ocupo. Tengo la capacidad de hacer una mirada crítica de lo que pasa, pero a veces se me olvida y bajo por el cerro, voy a la casa de un amigo, salgo con mis hijos, y entremedio se van dando reflexiones. Puedo hacer un análisis completo de cómo ha cambiado este barrio. Por ejemplo, la llegada de los turistas es más tema para la gente mayor que vive acá desde siempre y puede decir “antes yo vivía tranquilo y ahora veo salir gente del Vinilo en la noche”. Por otro lado, yo vivo en Lautaro Rosas y la señora de la esquina que se puso con un almacén es tía de un compañero mío del colegio; entonces la gente del barrio no ha perdido su lugar.




 
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