Con una historia de casi treinta años entre escaleras y caletas de pescadores este grupo musical trajo el carnaval del Norte Grande de Chile a Valparaíso. Sus sonidos y sentidos llegaron para adquirir ese aire inconfundible y único de nuestro litoral del centro y así nació esta peculiar expresión musical: el Valparandino.
Por Lyza Jorquera y Rodrigo Fernández (*)
Hablar de La Bandalismo es hablar de uno de los grupos con mayor trayectoria del folclor urbano de Valparaíso, banda popular sumida en los barrios del arrabal porteño, música que nos transporta al mundo de los carnavales religiosos folclóricos del norte grande, manifestaciones populares de canto, danza y fiesta, expresión de sentimiento de los pueblos indígenas que habitan el desierto de Atacama.
Cónsules honorarios del tambo y de la fiesta nortina en las tierras litorales, poseedores de un nombre por demás explosivo, este 2008 cumplen 28 años desde su nacimiento y acaparan una lista de músicos porteños tan larga como la de sus presentaciones y aventuras. Aventuras que comienzan en 1980, alentados por un pampino, Juanito Olivares, ariqueño de nacimiento y porteño por adopción, enamorado de su fiesta, de su china (1) de su baile y de este anfiteatro con casas encaramadas, donde sus habitantes suben y bajan en un ir y venir del cielo a la tierra, o también, de las nubes al mar.
Juanito armó un grupo de baile gitano en la Caleta El Membrillo, donde bailaban sus hijas, y para acompañarlo formó una banda. Al principio él proveyó la música, se consiguió las partituras y después la cosa fue ir a la fiesta de La Tirana con una grabadora, hacerse amigo de los músicos, transcribir. Participó en la fiesta de San Pedro en la principal caleta de pescadores de Valparaíso y en otras fiestas varias de carácter religioso y folclórico, hasta recopilar una cantidad increíble de temas.

La Bandalismo en la caleta El Membrillo
La historia del grupo empezó en una micro destartalada, llena de bolsos con ropa, sacos con sombreros y todo tipo de mercaderías de feria, rumbo a La Tirana en Iquique. Era ancho y diverso: músicos, fotógrafos, comerciantes y estudiantes, folkloristas y turistas. Guaguas, patos malos y buenos, dieron forma a las historias de un largo viaje de casi dos días en la micro que había salido desde el plan del Puerto, con cortes de frenos y partes, peleas y amoríos, donde unos iban para encontrarse y otros para perderse.
Este grupo de porteños y porteñas, encantados y endiablados con la magia y la música viva de la gran fiesta chilena que es La Tirana, dan vida a una verdadera institución con carácter de familia, por la que ya han pasado más de 100 músicos, aunque en la actualidad no queda ninguno de sus fundadores, pero donde otros han tomado la posta y la tradición, que mantienen viva y con fuerza.
Entonces, una media mañana de domingo, en el Velódromo de Playa Ancha, allá en el Parque Alejo Barrios, suenan los primeros bronces o sonidos nortinos. Tenía que ser un lugar ancho como una playa desierta, despejado, sin vecinos que quisieran dormir. Fue la primera “porteñada” (2), un bullicio no conocido por estas tierras, una música alharaca que llena espacios, levanta, anima, espanta o sobrecoge, pero que no deja a nadie quieto. Escándalo puro en una fiesta que promueve el desorden, el salto y el asalto hasta el desborde. Un ritual de alegría que se apodera del cuerpo y el espíritu de quien lo escucha y de quien se le acerca, como un carnaval de esos sin rejas, sin guardianes, sin entradas reservadas. Fiesta carnavalesca para bailar sin autorización ni aviso previo y que no por nada, tantas veces terminó sonando entre barrotes.
En el tiempo son muchos nombres, lugares y procesos vividos, tocando entre los cerros, los matrimonios, los funerales, las campañas del No (3) y las del Wanderers (4) los años nuevos y los viejos y los infaltables dieciochos de septiembre (5).
Junto con la música llegaron los bailes, y los chinos recibieron la compañía de gitanos, que llenaron la fiesta de San Pedro. Se sumó la celebración de la Cruz de Mayo, la fiesta del Niño Jesús de Boco, la de Nuestra Señora de Valparaíso del Puerto Claro y las notas y los sonidos se desparramaron sin cesar por los cerros, las calles y las quebradas, colándose por entre los callejones, inundando las plazas y las plazuelas, en micro, en camión y a pata, subiendo escaleras y quebradas, como lo demanda nuestra geografía urbana, donde ni el Chalet Picante, ni la Población Obrera, ni el cabaret Manila quedaron sin challarse (6) con estos sones. También fueron las quebradas de Mariposas, de las Monjas, de Polanco, de Placeres y Esperanza, Ramaditas y Cordillera. La Iglesia de La Matriz tocada por dentro y por fuera. Lo mismo con doña Margot, los Jaivas, el Bafochi o los cabros de la esquina, como dignos cultores de la proyección del folclor nortino aquerendado (7) en el litoral centrino. Entonces, sin ponerle ni quitarle, La Bandalismo ha sonado entre pescadores y presidiarios, bares de La Vega santiaguina o animando la noche de las caletas horconinas. Ni la Quinta Vergara, ni el Municipal le han hecho mella, ni a su ego ni a su orgullo.
La Bandalismo en lancha
Está en el recuerdo de sus seguidores la celebración su décimo año de vida. Cerca de 4.000 personas se juntaron en febrero del ‘91 en el Centro de Exposiciones de la Avenida España, donde realizaron una fiesta altiplánica con el característico y particular sonido que llaman valparandino. Ese mismo mes, el grupo estuvo junto al Bafochi en el Festival de la Canción de Viña del Mar. Un año antes, recordarían la muerte del baterista de Los Jaivas, Gabriel Parra, con un "tambo" (8), luego de participar de una misa recordatoria y visitar la tumba en una romería alegre y musical. Para la celebración de los 25 años de la banda llenaron el Teatro Municipal de Valparaíso, con la gente bailando en pasillos y escalas, en un emocionante reconocimiento por parte de varias generaciones de porteños, que dejó mudo por algunos segundos a los músicos en el escenario.
La música aquí es mucho más que un objeto de consumo. Es vida. La música no se compra ni se vende, lo que no significa que los músicos no tengan que cobrar. No se transa en los mercados porque es tradición, pero llena las ferias, con un público que llega atraído por esa energía porteñista puesta en sus instrumentos y en sus sonoridades. Sonidos que muestran sus dos facetas: la callejera, de la tradición de fiestas folclóricas religiosas y la de escenario, donde se agrega al canto, el bajo eléctrico, la batería y otros instrumentos impensables en su desértico origen.
Los integrantes antiguos traspasaron su legado y saben que la cosa ha continuado, se ha renovado con elementos e instrumentación nuevos. Pero la esencia sigue siendo la misma, con singularidades, como esa historia de La Bandalismo con marinos en sus filas. Y es que una banda que se basa principalmente en los bronces encuentra escasos instrumentistas en nuestra zona. Recurrieron a “managuas”, marinos músicos de la Armada, que durante la dictadura tocaban medio camuflados en las peñas y los actos de corte más políticos. Ni en las calles ni en las bajadas se los distinguía.
Desde sus comienzos, siempre ha habido entre sus integrantes un contingente de jóvenes y de otros no tanto. El mundo precario del cancheo (9) atraviesa en general la historia de los músicos. Y como ninguno de ellos vive exclusivamente de la música, surgen inconvenientes que hacen que se produzca una espontánea rotación de integrantes y constantemente el grupo reaparece en las pistas porteñas reformulado, luego de algunos meses de silencio. Por eso, una presentación jamás es igual a otra, dado que varían los instrumentos, los integrantes, los espacios y el tiempo.
Tal vez no tengan una canción emblema que se recuerde masivamente; lo que proyectan es lo que los identifica y caracteriza. Apenas pudieron grabar su primer CD el 2002, gracias a un Fondo de Cultura. Sin embargo, es una de esas agrupaciones legendarias que ha conservado su vigencia heroica sobre toda adversidad, con carisma y mística interna, en un recorrido de difusión, creación y recreación de los milenarios e hipnóticos ritmos andinos. Eso es quizás lo que mejor refleja la historia y el sentido de La Bandalismo, nombre y banda que no tiene dueño, que es del puerto, con marca de bronces que se cuela desde los cerros y que ya es parte imborrable del Valparaíso patrimonial.
(*) Lyza Jorquera es Monitora Cultural en Valparaíso. Rodrigo Fernández trabaja como periodista en Puerto Audiovisual, productora donde se está preparando el programa de televisión Arrabal porteño, sobre la música en Valparaíso. www.puertoaudiovisual.cl
(1) China: Servidora de Dios. Se les llama así a quienes participan de los bailes chinos, tradición folklórica del norte de Chile.
(2) Porteñada: gran tocata en Valparaíso.
(3) Campaña del NO: Opción NO en el plebiscito de 1988, donde se votaba si Augusto Pinochet seguía gobernando el país.
(4) Wanderers: Club de fútbol histórico, emblemático y popular de Valparaíso.
(5) 18 de septiembre:Día de celebración de la Independencia de Chile.
(6) Challar:Rociar de challa o papel picado en carnaval nortino.
(7) Aquerendado: querido y acostumbrado
(8) Tambo: Fiesta nortina con música de bandas, con baile y comida andina.
(9) Cancheo: Tener que ir haciendo música de local en local para juntar ingresos.
BASADO EN LOS ARTICULOS
La Bandalismo una leyenda viva - Alejandro Pérez
Bronces andinos con sabor a Puerto - René Cevasco M.
Donde la alegría manda - Cristián Rojas Molina
25 años de magia y delirio andino - René Cevasco M.
A modo de Historia… o de Recuerdo - Iván Micelli R.
Carnaval toda la vida - Felipe Montalva