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El gran viaje de Gonzalo Ilabaca

Viajar es su bandera y regresar con un cuadro, su único lema. Este pintor viaja buscando volver al asombro y engrandecer la mente. En casa, es un nostálgico de la noche porteña en extinción, la de los bares marineros. Es por eso que los inmortaliza a través de sus cuadros, cumpliendo el rol autoimpuesto de guardián de lo que va a desaparecer.

Nació en Concepción en 1959 y pronto migró a Santiago. Hijo de una familia burguesa, estudió en el colegio católico Verbo Divino y luego ingresó a la Escuela de Medicina de la Pontificia Universidad Católica. Su madre pintó toda la vida y él lo había hecho unas pocas veces de niño, pero no conocía bien sus aptitudes ni tenía estudios. Aún así, a los veintidós años abandonó la promisoria carrera profesional que estudiaba y decidió dedicarse cien por ciento a la pintura. Tomó los pinceles en forma autodidacta y no los soltó más.

La apuesta por tal oficio le significó un cambio radical en su vida:- Es que la pintura es un estilo de vida –dice- pues implica creer más en los héroes del arte que en otros. El viaje por el mundo de la plástica lo obligó a despojarse de la religión católica heredada y de muchos prejuicios, porque eso no te permite mantener la mente abierta. 

Conoció el Puerto en 1983, cuando vino a exponer en la VI Bienal Internacional de Arte de Valparaíso. Tanto le gustó la ciudad, que una semana más tarde se había instalado cerca de la Plaza Bilbao en el Cerro Toro, junto a su mujer y sus pinceles. Cuenta que la primera impresión de la ciudad la obtuvo de la desaparecida taberna de marinos Roland Bar. Sentado frente a la barra se encantó con este mundo en extinción, donde los mercantes y las chicas de la noche -otrora llamadas “las niñas”- transformaban la sala en una fiesta cosmopolita. La nostalgia lo persuadió de rescatar la esencia del lugar a través de sus cuadros, porque para él el pintor es el guardián de todo lo que va a desaparecer.

Gonzalo Ilabaca
Gonzalo Ilabaca en su taller en Playa Ancha

Con esa premisa en mente, ha viajado a distintos lugares del mundo durante los últimos veinte años. Aunque vivió tres años en España (1983-1986), considera que su itinerancia comenzó en 1990 con un recorrido por el país, desde Arica a Chiloé. Siguieron destinos como India, Nepal, el sudeste asiático, México y Guatemala. Siempre que se fue lo hizo por un año y acompañado de su familia. Una vez instalado, se dedicaba a pintar paisajes urbanos y retratos de personas que cautivaban su atención. La vida en el extranjero le provee nuevas formas de inspiración, lo saca de la rutina y le devuelve la capacidad de asombro. Estos procesos son vitales para él como pintor, porque el recurso pictórico también se agota, incluso acá en el Puerto, agrega.

Fue durante su viaje por Chile que se dio cuenta que su ciudad ideal sería Valparaíso, donde se radicó definitivamente en 1991. Su casa ubicada en Playa Ancha es su centro de operaciones. Cada vez que se va de viaje la arrienda y no la vende, porque sabe que va a regresar. Asentado en la antigua casona mantiene una vida ordinaria, salvo por su trabajo que es extraordinario. Paga cuentas, cocina y va al supermercado. Le incomoda la tecnología porque no es lo suyo, pero ha sabido mantenerse vigente: maneja el correo electrónico y tiene una página web. Su vida es disciplinada. Se levanta temprano para dedicarse a la pintura jornada completa y trabaja todos los días si puede. Su taller es limpio y ordenado, como cualquier oficina. Fuera del oficio, le gusta nadar en la piscina de la Escuela Naval y prefiere leer durante el descanso porque no le gusta la televisión. Pero lo que más le agrada es deambular por las calles de Valparaíso, hobby que generalmente practica en las tardes, una vez que ha terminado su quehacer artístico.

Quizás por lo mismo se le pidió oficiar de guía turístico de Valparaíso para el ballet de la alemana Pina Bausch, cuando el elenco visitó la ciudad en el verano del 2008. A pesar de sus paseos, tuvo que sentarse a pensar un recorrido. Desde un principio tuvo claro que lo más importante era el mar, porque es una ciudad-puerto antes que todo, asegura. Es por eso que el tour comenzó con el clásico paseo en bote por la bahía. Hoy, piensa que el recorrido ideal debiera continuar con una excursión por los cerros, subiendo y bajando como montaña rusa, para llegar al Paseo 21 de Mayo, el mirador por excelencia para el pintor, ya que desde ese lugar se puede observar toda la ciudad y el movimiento portuario.

El tour Ilabaca cierra, indiscutiblemente –en esto no transa- en el bar Flamingo Rose, del que él mismo es un habitué. Allí llevó al elenco del ballet, el que recibió una excelente recepción de parte de la dueña del local. No sólo pudieron compartir con su guía la añoranza por la bohemia portuaria, sino que se maravillaron al son del ritmo sound –música tropical-, en un salón de baile que se abrió especialmente para ellos.

Gonzalo Ilabaca
Valparaíso y sus personajes, un gran referente

La vida del Flamingo Rose representa para él toda la exquisitez pictórica de la bohemia marinera: la soledad de este mundo en declive, la decadencia de los materiales, los objetos regalados por los mercantes, la música internacional y las distintas lenguas. Así como describe el ambiente que lo fascina, es fácil ver reflejados estos mismos valores en su propia vida. Para Ilabaca su oficio le ha significado una tremenda soledad. Se pinta solo, no hay maestro ni escuela y hasta las exposiciones las gestiona uno mismo. Por su parte, los viajes le han provisto el contexto extranjero de la música, las lenguas y los muchos objetos foráneos que adornan su añosa y a ratos descuidada casa. Pudiera pensarse que su vida se ha transformado en un pastiche de su nostalgia.

Al igual que los marinos de sus cuadros, para Ilabaca salir de viaje es tan importante como volver a casa. Y es que con los años que ha pasado en Valparaíso ha comprendido que tiene el privilegio de vivir en una ciudad llena de misticismo. Es una ciudad mágica porque ella se cuida a pesar de nosotros mismos. Explica que el porteño es al mismo tiempo potencia y desastre; pues es capaz de construir una casa a partir de cuatro palos, pero si le entregas el Palacio Baburizza, por ejemplo, lo destruye por completo. Considera mágicos hechos como la tendencia a restaurar las casas viejas en vez de botarlas; o que la ciudad haya sido elegida como sede del próximo Fórum Internacional de las Culturas (2010), quitándole el cupo a otras con mucho más tradición y reconocimiento internacional. Quizás todo tiene que ver con la vista. Valparaíso es un estadio donde todos vitorean la vista y esto produce que la ciudad tenga una sola lectura… eso genera una energía muy potente.

El carácter mítico de la urbe nacería de su condición de puerto y por estar ubicada en un lugar estratégico de las rutas marítimas. Esto significa que millones de viajeros la visitan cada año y son seducidos por su geografía, bohemia o magia. Según Ilabaca, esas personas regresan a sus hogares contando los encantos de la ciudad y así se va generando el mito. Termina siendo conocida en todo el mundo, incluso por quienes nunca la han pisado- asegura.

Más allá de sus hipótesis, lo cierto es que Gonzalo Ilabaca es un amante del Puerto de Valparaíso. Tanto así, que cuando se evaluó la construcción de torres habitacionales en el borde costero de Playa Ancha, lideró una larga e intensa gestión para conservar el patrimonio arquitectónico y, especialmente, la vista hacia la bahía. La batalla se ganó después de un año y medio de esfuerzo y tramitaciones, lo que le reportó ser declarado Ciudadano Ilustre en 2007. Otra rareza mágica de la ciudad, opina.




Gonzalo Ilabaca




































Gonzalo Ilabaca
Acordionista, 2005, Oleo


Gonzalo Ilabaca















































Gonzalo Ilabaca





 
 
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